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EL ENCUENTRO (*). Urbano Uribe de Urvando (1959-1986)

La casualidad hizo que el encuentro, tan proclamadamente buscado, tan proclamadamente ansiado, tan proclamadamente soñado, tuviese lugar en aquel sitio tan imprevisto y, en el pensar de los dos, tan impertinente. Tanto es así que tanto Luis como Víctor, después de tanto tiempo llamarse tanto, de tanto escribirse, de prometerse tanto y tanto esperarse, quedaron tan sorprendidos que acogieron la coincidencia con una extrañeza que les produjo un cierto amargor, una cierta decepción, como si después de tanto esfuerzo, de tanto llamarse, de tanto escribirse, tan sólo el azar, o un improbable si no increíble sino tuviera el poder de reunirlos. Tanto tanto para al final encontrarse tan inadecuadamente.

            Luis notó en Víctor un envejecimiento superior al previsto. Después de veintidós años no es que esperara encontrar al mismo joven apuesto —además de inteligente— que acaparaba todas las miradas, pero no había supuesto que el paso de los años por su amigo, o de Víctor por los años (en eso nunca sabía a qué carta quedar) le hubiesen marcado tanto.

            Luis, a los ojos de Víctor, estaba tan deslustrado que casi se lo dice. Hubiera sido un crimen después de tanto tiempo, pero a Víctor le gustaba tanto imaginar crímenes, tanto verbales como sangrientos… No lo hizo, claro, no lo hizo, lo suyo era sólo imaginar, imaginar cosas, siempre que sus figuraciones fueran tan rechazables, por cualquiera que pudiera acceder a ellas, que hubiera de tenerlas tan en silencio como una respuesta grosera a alguien que respetar; por ejemplo a un maestro y no digamos a un padre. Se lo había repetido cuando chico su tía Clara: «Tanto monta monta tanto un tío como Fernando», sin que el niño Víctor hubiese podido saber qué quería decir su tía, la rebelde de la familia, salvo que había que respetar a las personas mayores que había que respetar.

            Ahora, frente a frente, Luis y Víctor se sentían perdidos. La realidad, la carnal, no era la misma que la escrita, que la transmitida por las ondas y los cables, tan proclamadamente ansiada, soñada, buscada. Era la que era, distinta, única e insalvable, y allí estaban los dos cara a cara, salidos aprisa, aunque queriendo disimular el apuro, de lugar tan momentáneamente indeseado. Se miraban con sincero agrado de verse; pero habían pasado tantos años, tantos años sin nada en realidad, tantos años de ausencia, sin mirarse, sin tocarse, sin experiencias vividas al alimón —o compartidas, como suele decirse, aunque no sea lo mismo—, sin que las secuencias de sus vidas tuviesen nada que ver la una con la otra… Que no, que no, que ya no era lo mismo ni podría serlo. (¡Y a nuestra edad!, pensó Luis). (¡Y a la vejez!, tembló Víctor).

            Por el asombroso memorión de Víctor pasaron algunos de los versos desastrados y chulánganos del Luis poco más que púber que, en notitas enrolladas y sujetas con gomillas, hacía llegar a sus primas y a los jovencitos que tenía en poco, sin importarle demasiado que llegaran a manos de los mayores, o de los curas. ¡Qué distinto aquél Luis de este! ¡Cómo cambiamos casi siempre a peor! ¡Qué raro poder mantener la pulcritud! ¡Cómo se torna la gracia en desgracia!.

            Para el postre

            decoraré las natillas

            que tanto a ti te gustan

            con pus y con postillas,

            sangre, pelos y legañas.

            Añadiré también la cerilla

            de diez o doce orejas,

            cuajadamente amarilla.            

            Después me acostaré,

            y tapado hasta las cejas

            con fuerza aspiraré

            lo que los chícharos dejan

            en forma de pedo cruel.

            (Para otros, que para mí

            es lo que a ellos la miel).

            Tras dos horas de odorífera siesta

            nos arreglaremos para la fiesta.

            Iremos eructando por los caminos

            dejando una huella manifiesta:

            «Por aquí fueron los cochinos».

            Tú beberás licor de cucaracha

            con esencia de gargajera.

            Yo, la meada callejera

            y los vómitos de una borracha

            que arroje bilis y aguacha.

            De tapas, penes de ratas

            y sesos de ratón metastásico.

            También haremos unas catas

            de bronquios de cerdo asmático,

            y de verrugas de sapo, y un revuelto

            de lo que alguien haya devuelto

            por un dolor pancreático.

            Para ultimar la verbena

            tomaremos el cóctel ideal:

            grasa de ovarios de hiena

            en su mismo fluir vaginal.          

            Y antes de acostarnos

            quiero que limpies

            de lombrices mi ano

            con espinas de un rosal,

            que yo sacaré los bichos

            de tu nariz griega

            con pinzas de alacrán.

            —¿Cómo no me has avisado de que venías a España? —dijo Víctor, aliviado, incluso satisfecho y contento, por haber encontrado una pregunta crucial.

            —Porque como he estado dos días, vamos, que me voy ya, no quería molestarte ni ponerte en un compromiso.

            «Entonces es que no querías verme», bramó Víctor en sus adentros. Luis se había dado cuenta, al mismo tiempo que le salían las palabras, de la estupidez, seguramente inevitable, de su respuesta.

            Como pasa casi siempre, salvo en los paredones, las sillas eléctricas, los patíbulos y demás medios de acabar las cosas casi definitivamente, algo vino, esta vez en forma de llamada megafónica —atrozmente disonante— a modificar la situación: «AVE destino Madrid estación de Atocha hará su salida a las veinte horas, vía  seis, vía seis».

            —Bueno, Víctor, la próxima vez que vuelva, que puede ser el año que viene, te avisaré con tiempo, estate seguro.

            —¿El año que viene? Después de tantos años, venir dos años seguidos…

            —Sí, es que tengo que arreglar unos asuntos. Ya te contaré por carta, porque tú sigues sin tener correo electrónico, ¿no?, ¡mira que eres raro!.

            Víctor confirmó ambas cosas con la cabeza. «Cualquiera sabe la que tendrás liada por ahí» (**), se dijo al apurar la cerveza y levantarse, al tiempo que intentaba pagar, sin que Luis se lo permitiera. La charla había sido breve, pero, pensó Víctor, ni aunque hubiese durado cinco horas habrían sabido más uno de otro. Un abrazo antes de bajar Luis al andén. Y, en efecto, nunca más supieron el uno del otro.   

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(*)   Gentileza de Mario Cortés.

(**) Luis era abogado (ejercía en Londres). 

COLOQUIOS (26). Gabi Mendoza Ugalde

– Algunos se han propuesto incorporar a sus discursos razones objetivas para que, verdaderamente, puedan constituir una opinión.

– No siempre lo consiguen.

– Bueno, pero son peores los muchos sujetos que cuando se pronuncian en público, en el ejercicio de su legítimo derecho a la libertad de opinar, no sólo no pretenden las razones objetivas, sino que ni siquiera se esfuerzan en lograr las subjetivas, y mucho menos reconocerán que la suya no es, propiamente, una opinión.

– Tú no respetas los sacrosantos principios de la democracia.

– Cuanto más laicos, más invocáis lo sagrado para cualquier cosa.

– ¡Anatema!

MAQUETA DEL AFORO DEL TEATRO «MONTPARNASSE» (RUE DE LA GAITÉ, PARÍS). Fotografía de Lauro Gandul Verdún, 2008

 

 

 

 

 

 

SHAKESPEARE, EL RUIDO Y LA FURIA. Por Enrique Martín Ferrera (abril, 2.009).

 

1 Shakespeare The First Folio 1623

Grabado principal del “Primer Infolio” o edición de las obras de Shakespeare, en 1623

 

SHAKESPEARE, EL RUIDO Y LA FURIA

Por Enrique Martín Ferrera

 

<< Tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing. >>

Macbeth (Acto Quinto, Escena V)

William Shakespeare.

 

¿Qué leemos de un escritor extranjero? No es una pregunta retórica, pues rara vez encontramos traducciones endógenas, elaboradas y ofrecidas por los propios autores. Indudablemente, salvo que el lector forme parte de esa minoría privilegiada de lectores políglotas, lo que leemos de cualquier creador extranjero pasa por ser una obra, más o menos parecida al original, escrita por un tercero que nos sirve de guía y que, al mismo tiempo, se interpone entre el público y el autor; un extraño que habrá elegido los giros, las expresiones y las palabras precisas de entre todas las que encierra el gran baúl de nuestro idioma. Curiosamente, en la mayoría de los casos no nos es posible, o no nos interesa, saber quién es ese valioso intermediario, que puede extraer todo el esplendor del libro que cae en sus manos, o herirlo de muerte con sus malas artes: su nombre habrá sido borrado o, aun estando presente, resultará para la mayoría deliberadamente invisible.

 

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CARMEN TRONCOSO DE ARCE, ACTRIZ. Miguel Hermosín, 1991 («Para un cuaderno de fotografías»)

En el camerino

En el otro lado

PESADILLA A PLAZO FIJO. Drama onírico-especulativo en medio acto y dos escenas. Rafael Rodríguez González, 2008

El teatro en el K.T., Budapest 2000 (manipulada)

Crónica publicada en el diario alcalareño “Ecos del dragón”:

Se celebró el estreno y desestreno mundial en la sesión celebrada en las dependencias de la redacción de La Voz de Alcalá el 25 de Abril de 2008 de la obra “Pesadilla a plazo fijo” en dos escenas y medio acto, en lo que pretendía ser un drama onírico-especulativo. El origen de esta que a duras penas podemos llamar obra fue el trago que durante meses y meses, y a diario, tuvo que pasar el director del quincenal local “La Voz de Alcalá”, Enrique Sánchez Díaz, debido a la ausencia de la redactora jefa del periódico porque, cosa de mujeres, tuvo un hijo, y quien la sustituyó durante esos largos meses de permiso pre y sobre todo postmaternal no era lo que podríamos llamar el colmo de la competencia. En resumidas cuentas, que la obra quería servir de homenaje o desagravio al citado señor. Por deferencia a nuestros compañeros del citado periódico ofrecemos los siguientes datos:

Relator, declamante y recitador: Lauro Gandul Verdún.

Cuadro de actores: El citado y Antonio García Mora, Olga Duarte Piña, Octavio Sánchez Ramos y Javier Jiménez Rodríguez. En honor a la verdad, todos estuvieron a la altura de sus papeles, aunque destacó el último citado, a pesar de la brevedad de su papel o precisamente por eso.

Autor: Gerard Depardieu bajo disfraz alterno de Buster Keaton y Harold Lloyd.

Asistentes, además de los ya citados: Carlos García Gandul, Francisco López Pérez, Alejandro Calderón, Rafael Rodríguez, Pedro Gándara, José Francés, Isabel Asensio, Miguel Ángel Oliveros y, casi sin saberlo, Enrique Sánchez Díaz (nótese la falta de paridad de género).

Al término se produjo un gran aplauso para el homenajeado y otro para la obra, cosa ésta nada sorprendente si se tiene en cuenta que prácticamente la mitad de los reunidos pertenecían al cuadro artístico, y además estaban el autor y el homenajeado, y que una de las presentes es empleada. Debemos finalizar esta amable crónica con un: ¡así cualquiera!

ESCENA PRIMERA

El reloj despertador marca las once y media (de la noche). La mujer ya está acostada, aunque despierta, cuando el hombre se sienta en la cama y resopla pesadamente (aquí el actor resopla sonoramente). Transcurren unos instantes antes de que se tienda.

Ella .- ¿Qué te pasa?

Él .- Que estoy tan cansado que no sé si cogeré el sueño.

Ella.- ¡Ay! Si es que no paras. Menos mal que mañana…

Él coge un libro de la mesita de noche. Es un volumen que equivocadamente le han devuelto por otro. Se trata del Teatro completo, de Antón Pavlovich Chéjov. Lo abre por una página cualquiera y lee algunas líneas “La Humanidad es un camino en marcha que lleva a la felicidad suprema, la cual es posible en este mundo. Yo me hallo en las primeras filas” (palabras del personaje Trofimov, de El Jardín de los Cerezos). Nuestro personaje opta por cerrar el libro y apagar la luz; quiere dormir, no ponerse a pensar, lo que además le resultaría casi imposible. Aunque cierra los ojos sigue despierto por un buen rato; mientras se va adormilando muy poco a poco por su cabeza cruzan imágenes del día que ha finalizado. Por fin, y tras dar varias vueltas en la cama, lo que ha hecho despertar a la mujer por un instante, ya que enseguida vuelve a dormirse porque no le extraña el agitado reposo del marido (“reposo” es término muy excesivo para el caso), el hombre cae en el sueño y en los sueños.

Aparece en el caletre inconsciente la escena que ha vivido ese día por la mañana con dos amigos, mientras desayunaban. Están hablando del flamenco, de las tantas fotografías que ha hecho sobre ese tema, algunas de las cuales aparecen y desaparecen sucediéndose, a modo de flashes; algunas se repiten, y entonces oye a un cantaor, que no canta sino que recita o sentencia, que en la conversación han recordado.

En la casa de las penas

ya no me quieren a mí,

porque tengo yo más penas

que las que caben allí

Quisiera verte y no verte,

quisiera hablarte y no hablarte,

quisiera no conocerte

para poder olvidarte

Oye voces llamando a una mujer por un nombre que no distingue. Él está llegando al puente después de una caminata que ha tenido que ser muy larga, bajo un sol abrasador y chorreándole el sudor; ya chasquea sin sonido su lengua seca pensando en el agua que le espera, las paredes de la boca son como reversos de azulejos, no hay nadie por el camino, no puede más; es el primer día del mes, o es el quince, cree que llega a un oasis, pero no, apenas bebe ha de volver al camino, igual de agotado, ya tembloroso, trastabillante; la luz es cegadora, líneas fulgurantes llenan sus ojos hasta dañarlos.

En ese mismo momento se despierta, sobresaltado. La sed es intensa, y se pregunta si lo que ha comido se la estará produciendo. Y se responde que no, que es imposible, cómo una tortilla francesa sin sal y un vaso de leche van a ser los culpables de tanta sed. Bebe del vaso que hay en la mesita, hasta agotar toda su agua. Se revuelve e intenta otra vez dormir, consiguiéndolo sin conseguirlo. Al rato vuelve a oír al cantaor:

Cuando un hombre que es muy hombre

las lágrimas deja ver,

allá en el fondo del alma

¡qué pena debe tener!

Cada día me parece

que no puedo sufrir más,

y cada día me traes

un aumento de pesar

Se le aparecen repentina y calidoscópicamente turbias imágenes de mujer, de mujeres, cada una de las cuales pronuncia sus apelativos ante el soñador dormido mientras éste permanece sentado en un sillón al que está atado aun sin cuerdas: ¡Soy Isabel de Farnesio! ¡Yo soy la Católica! ¡Aquí está Isabel II, hija de Fernando VII, madre de Alfonso XII, abuela de Alfonso XIII, tatarabuela de Juan Carlos I y qué sé yo de Felipe ese de Asturias! ¡Y yo Isabel II, la suegra de Diana de Gales! ¡Y yo Santa Isabel de Hungría! ¡Pues yo soy Isabel de Portugal! ¡Aquí estoy yo, Isabel Cristina, emperatriz de Alemania! ¡Yo soy Isabelita Espinosa, la que le dijo a Gandulfo, cuando éste tenía cuarenta años y yo noventa, mientras me arreglaba los pies: “Ay, Francisco, no sé lo que vamos a hacer cuando usted falte”. Isabel es la mujer que le quita el sueño como no se lo ha quitado ninguna otra, ni siquiera la que yace junto a él, o casi. ¿Pero quién es esa Isabel, por todos los diablos?

El soñante abre una puerta sirviéndose de dos llaves, se encuentra flotando en el aire varios ordenadores que tiene que esquivar, entre ellos un portátil; en el suelo hay un montón de ejemplares de un periódico, desperdigados a todas luces intencionadamente, con casi todas las páginas en blanco; las fotografías que debieran estar en las páginas también están en el suelo, otras también flotan, todo está en un absoluto desorden, suena el teléfono sin cesar, llaman a la puerta una y otra vez; está asustado, profundamente agobiado, quiere salir, dejar de ver todo esto, tan absurdo todo. Una voz femenina se oye a la vez lejana y próxima (interviene la actriz): “¡Soy Isabel! ¡Soy Isabel!”.

Tiene que vomitar, y lo hace. Sale de ese lugar, dando inciertas patadas a los papeles que cubren el suelo. Al salir a la calle ve una inscripción en la fachada de enfrente:

En la puerta de La Voz

hay escrito con carbón:

“Aquí el bueno se hace malo

y el malo se hace peor”

Es raro, ha recibido un mensaje en su teléfono celular, cuando el número no lo saben más allá de dos personas:

Aquel que empieza una obra,

razón será que la acabe,

para que nunca se diga

que la dejó por cobarde

Unos versos de Lope de Vega que aprendió en su niñez también aparecen en su sueño, no distingue quien los pronuncia, pero cree que es él mismo:

Yo he de morir y ya se acerca el día,

que el mal en mi salud su curso hace

y cuando llega el bien es poco y tarde

Se despierta de nuevo y va a la cocina a beber agua. También va al cuarto de baño. Mientras alivia su vejiga por la micción, su cabeza atorada no da pie con bola, nada se pone en orden. El sudor llena su frente y su cuello. Al fin regresa a la cama y cae dormido, extenuado. Ni para soñar le quedan ya fuerzas.

ESCENA SEGUNDA

Ella (ya levantada y arreglada).- ¡Enrique, chiquillo, levántate!

Él.- ¡¿Eh, qué, qué pasa?!

Ella:- ¿Tú sabes la hora que es? Que te ha llamado Isabel, que si vas a ir que te están esperando en el periódico. Mira que no ir a recibirla el primer día, después de tanto tiempo…

Cae el telón y termina el sufrimiento.

Con las más sentidas condolencias, algunos de tus amigos

Abril de 2008

CESÁREO ESTÉBANEZ (fragmento) («Historias de vidas» Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2004)

 

Cesáreo Estébanez
Foto ODP
2004

 

Desde niño con el teatro

Cuenta que en su familia no hay ninguna relación con el teatro, sin embargo ello no ha impedido que a él le haya gustado el teatro desde que era un niño. Desde que en un grupo, de estos de mayores, hice el niño de una obra de Miller, a los 9 años. Me cogieron, no sé porqué. Luego hizo teatro durante el bachillerato y en la universidad de Salamanca y, finalmente, se fue a Madrid un año, a probarlo. «Porque no quiero que me den los sesenta, que ya tengo, y me haya quedado el gusanillo.»

            Y ya no regresó a Palencia. Cesáreo marchó a Madrid para convertirse en actor dramático después de haber casi concluido la licenciatura de Medicina, carrera de la que sólo le faltan por aprobar algunas asignaturas. «Tengo la orla pero no terminé.» Se fue a la capital con el consentimiento de su padre, que siempre lo apoyó en aquella decisión suya, no así su madre que nunca aceptó que su primogénito, que iba para premio extraordinario, rompiera con siete generaciones de médicos en la familia. «Mi padre fue a Madrid a verme encantado, varias veces, como si yo fuera Lawrence Olivier. Yo digo a mis sobrinos lo que me dijo él: si eliges un trabajo vas a tener que estar un tercio de tu vida en él: ¡que te guste, por favor!»

 

Una hora con…

En la universidad de Salamanca, cada quince días, durante los primeros años de la década de los sesenta, Cesáreo Estébanez leía y recitaba textos y poemas de los autores en aquella época comprometidos políticamente y otros, ya muertos, cuya palabra literaria era considerada contraria al régimen dictatorial instaurado por Franco en aquella España: León Felipe, Blas de Otero, Pablo Neruda, Gabriel Celaya, Miguel Hernández , César Vallejo… Pues Cesáreo precisamente perseguía como fin difundir la literatura comprometida en aquellos actos sucesivos llamados «Una hora con…» ante un nutrido público de estudiantes y profesores universitarios. Entonces conoció a D. Fernando Lázaro Carreter que era rector de la universidad de Salamanca y con quien tenía que mantener frecuentes contactos, por razón de la organización del programa. «Lázaro iba a todos los recitales míos. Después de hacer Una hora con… León Felipe un señor del público me regaló la colección entera de León Felipe, para mí un regalo maravilloso. La tuve yo en mi habitación del colegio mayor un tiempo, pero un día vino la policía, me la quitó, y hasta hoy, sin decirme nada ¡eh!… Cogieron la colección y se la llevaron.»

 

El teatro en el K.T., Bordes Resplandecientes 2000

TRÍPTICO RUMANO III, 2002 («Para un cuaderno de fotografías», Lauro Gandul Verdún)

 


Teatro Viejo de Arad