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JESÚS CONDUCIDO ANTE PILATO (IV). Por José Manuel Colubi Falcó

 
El sueño de la esposa de Pilato. Alphonse François

El Sueño de la esposa de Pilato
(Grabado)
Alphonse François
(1814-1888)

 

Las Actas de Pilato (parte primera, II, 1-2) dicen así:

   «1. Habiéndolo visto Pilato, lleno de temor trató de levantarse de la tribuna, pero mientras él todavía se hallaba pensando en levantarse, su mujer le envió un mensaje diciéndole: “Nada tengas que ver con éste, que es un hombre justo, pues mucho he sufrido por su causa esta noche.” Y Pilato, habiendo llamado a su presencia a todos los judíos, les dice: “Sabéis que mi mujer es piadosa y que más bien tiende a seguir los ritos judíos junto con vosotros.” Le dicen: “Sí, lo sabemos.” Pilato sigue diciéndoles: “He aquí que mi mujer me ha enviado un mensaje diciendo: Nada tengas que ver con éste, que es un hombre justo, pues mucho he sufrido por su causa esta noche.” Como respuesta los judíos dicen a Pilato: “¿No te hemos dicho que es un impostor? Mira, él le ha enviado un sueño fantástico a tu mujer.”

   »2. Pilato, habiendo mandado llamar a Jesús, le dice: “¿Qué es eso que testimonian contra ti? ¿Nada dices?” Jesús dijo: “Si no hubieran tenido posibilidad, nada hubiesen dicho, pues cada uno tiene poder sobre su boca para decir cosas buenas y cosas malas. Ellos verán.”

   »3. Respondiendo, los ancianos de los judíos dicen a Jesús: “¿Qué es lo que hemos de ver nosotros? Primero, que has nacido de adulterio; segundo, que tu nacimiento en Belén se tornó en una matanza de niños; tercero, que tu padre, José, y tu madre, María, huyeron a Egipto por no tener libertad para expresarse entre el pueblo.”

   »4. Algunos de los que se hallaban presentes, temerosos de Dios, del grupo de los judíos, dicen: “Nosotros no decimos que él es fruto de adulterio, sino que sabemos que José desposó a María, y que no ha nacido de adulterio.” Y Pilato dice a los judíos que decían ser aquél fruto de un adulterio: “Ese relato vuestro no es verdad, porque hubo donaciones esponsalicias, según dicen vuestros congéneres.” Responden a Pilato Anás y Caifás: “Toda esta multitud a gritos decimos, y no se nos cree, que ha nacido de adulterio. Ésos son prosélitos y discípulos suyos.”»
 

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JESUS CONDUCIDO ANTE PILATO (I). Por José Manuel Colubi Falcó

JESÚS CONDUCIDO ANTE PILATO (II). Por José Manuel Colubi Falcó

LA SUERTE DE PILATO. Por José Manuel Colubi Falcó

RELACIÓN DE PILATO SOBRE JESÚS REMITIDA A AUGUSTO. Por José Manuel Colubi Falcó

«ECCE HOMO» (POEMA SACRO) [3]. Por Lauro Gandul Verdún

PRODIGIOS DE LA CRUCIFIXIÓN Y RESURRECCIÓN. Por José Manuel Colubi Falcó

INJURIAS A JESÚS. Por José Manuel Colubi Falcó

 

ELOY VILLALBA RAMÍREZ, LANCERO DE LA JUDEA («HISTORIAS DE VIDAS»). Olga Duarte Piña y Lauro Gandul Verdún, 2009

 

Eloy por Miguel Hermosín Martínez

Eloy Villalba Ramírez
[Foto: Miguel Hermosín Martínez]

 

Hace casi cuarenta años, en El Derribo se juntaban más de veinte chiquillos por las tardes, después del colegio, o los sábados. Se dedicaban a las tareas más diversas: ayudaban a llevar las cántaras de leche a Enrique el lechero por casas del barrio, subían algún que otro ataúd de Joaquín Bono cuando tenía la funeraria en la calle San Miguel, empujaban el carrito del repartidor de la confitería «San Mateo» por la cuesta Fernán Gutiérrez, cobrándose con los dulces que conseguían coger por la ventanilla. También colaboraban con el de las bombonas y el de la fruta aquellos niños tan dispuestos. Poco antes de la Semana Santa, por dos o tres duros que les daba José Luis Olías, muchos de ellos limpiaban los faroles y acarreaban todos los enseres de la cofradía que hubiera que ordenar y colocar en vísperas de la procesión. Los que eran monaguillos, además, cuando llegaba el Quinario subían a repicar las campanas de la torre de la iglesia de Santiago, al principio y al final del mismo.

   Uno de aquellos chiquillos ha nacido en el número 5 de la calle José Lafita, en una casa de vecinos donde va a vivir hasta que su familia se traslade a la calle Herreros, a otra casa de vecinos, cuando él tiene once años. Tras su matrimonio con María del Águila Ballesteros se instala en Alcalá y Ortí donde hoy vive. Siempre cerca de El Derribo, El Duque, la calle La Mina, la placita de El Cabildo, La Plazuela…, los lugares por donde durante catorce años va a desfilar como uno de los lanceros de La Judea.

   Su padre, Joaquín Villalba, le inculcó una intensa afición por los judíos de la Semana Santa alcalareña, le educó desde muy niño en el rito de La Judea. La mañana del Jueves Santo se levantaba muy temprano para ir al castillo a ver el primer recorrido que hacían los judíos. No olvida los revoleos frente al grifo de agua de la calle San Miguel (del que se abastecían los vecinos del barrio), tampoco olvida la parada en el bar del Chipiona, en la confluencia de las calles José Lafita y Sánchez Perrier. Con su padre más tarde llegaba hasta La Plazuela, siguiéndolos. El Capitán de aquellos judíos era el mítico Ferrera; el Cachucho era el bandera y el Latero el tambor.

   Por el mes de diciembre de 1991 muchos pensaban que para la Semana Santa próxima iba a ser difícil que los judíos salieran a la calle. Fue José Luis Fernández quien aseguró en una reunión que tenía una lista de nombres para formar una nueva Judea. Le tomaron la palabra, tal vez pensando bastantes que José Luis no iba a poder realizar su compromiso. Parece que de aquella relación de candidatos casi ninguno se presentó. El Beni sí acudió a la llamada de su amigo y fue quien le preguntó una mañana a Eloy Villalba si quería vestirse de judío. Esa misma tarde Eloy se acercó a la cafetería de José Luis para apuntarse a La Judea que se estaba creando. Por la noche fue a decirle a su padre: «Que sepas que este año salgo de judío». Para su sorpresa no lo vio demasiado asombrado por la noticia, pero no tuvo tiempo para que la extrañeza se alargara pues éste, sin decir palabra, con gesto sonriente y algo socarrón, lo condujo a un cuarto en el que él ya tenía preparado su traje de lancero. Joaquín se había enterado por Jesús Benítez Recacha que lo sabía por su cuñado José Luis. En la Semana Santa de 1992 José Luis Fernández será el Capitán, el Beni el tambor, Jesús Benítez el calamillo, Salvador García el bandera, el Caña el Spor y como lanceros Joaquín y Eloy Villalba, Leo Benítez, Manolín Redondo, Félix García, el Pana, el Porti, Luis el de «El rincón del estudiante» y Víctor el hijo de Salvador sería el pajineta.

   Aquellos judíos tenían que reconstruir una tradición, que casi había llegado a fracturarse irreversiblemente, en una decadencia que desde mediados de los ochenta se sufría por quienes, todavía, guardaban memoria de la riqueza del rito y querencia por su conservación. El Capitán sabía que había que recuperar el centro de Alcalá como espacio de los recorridos de La Judea. Donde debía desfilar la soldadesca era entre El Derribo y el Kiosco del Matadero, donde debían sonar el toque de mañana del tambor y el son del calamillo, donde el bandera se convirtiera en viento en un revoleo, donde la danza antigua del pajineta y el palilleo sobre la sentencia.

 Cuando en 1992 la nueva Judea desfila por las calles de Alcalá quiere hacerse visible al pueblo, con el que se venía desencontrando en el último lustro. Se llegó a decir popularmente «Estás más perdío que los judíos un jueves santo», porque sin orden ni concierto ni sentido los judíos acababan diluyéndose por los barrios alejados del centro ya que la población del Castillo se había ido desplazando a Pablo VI o la barriada de San Agustín. Eloy siempre ha querido, al igual que su padre, ser lancero, formar parte de la tropa, hacer el prendimiento de Jesús Nazareno. Durante los catorce años que ha estado en La Judea, al menos diez, ha participado en este momento del rito. Nos cuenta que tanto la Burla en el Perejil como escuchar el llamado del tambor, cuando ha terminado el sermón en El Calvario, no deja de emocionarle profundamente aunque ya no forme parte de la soldadesca de La Judea.

   La Judea es el pueblo y La Judea es la de Jesús Nazareno, esto ha creado una dialéctica que siempre ha tensado las relaciones entre los judíos y la Hermandad desde 1992. Una tradición unida a una cofradía pero que «lenta e inexorablemente está perdiendo el carisma que cogimos cuando nosotros empezamos. Nosotros éramos todos muy conocidos. Siempre nos han invitado a entrar a las casas en las que la gente nos espera y eso forma parte de La Judea en la mañana del Jueves Santo. Si sólo nos limitamos a cumplir con los elementos del rito, pasar por delante de quienes nos esperan, éste se queda sin su significación hacia el pueblo».

[La voz de Alcalá, 1 al 14 de abril de 2009, año XVII nº 266]

 
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EL RITO DE LA JUDEA DE ALCALÁ EN «CARMINA»
 

8 DE MARZO DE 2017. María del Águila Barrios

 

 Lisboa es sueño

[Foto: LGV Portugal 2012]

 

Hoy es 8 de marzo y he esperado esta fecha para escribir mi particular colaboración en este periódico. Hoy es nuestro día, el de nosotras, nuestro y sólo nuestro. Lo digo porque soy mujer y tengo trabajo, pero no celebro este día porque me siento inventada, como cuando se celebra el día de los enamorados o de la madre. No hay diferencia, son distintas formas de mercadotecnia. Por cierto, ¿hay un día de los hombres trabajadores y de la lucha por su igualdad? ¡Cuánta gente está montándoselo de lo lindo a costa de las mujeres y de la tan cacareada igualdad! ¡Pero si yo no soy igual que un hombre! ¡Ni tampoco diferente! Lo mismo que no soy igual que un niño, ni tampoco diferente. Y siendo blanca, tampoco soy igual que una negra, ni diferente. Con todos coincido en que somos personas. ¿Cuándo vamos a celebrar el día de las PERSONAS? Por las personas sí procuro celebrar todos los días y celebro la vida.

   Esa obstinación por dividirnos y enfrentarnos que el poder practica. Hay que luchar por los derechos, pero de las personas, del pueblo, de los pobres que tantos somos. Hemos de amarnos, y con este verbo debiera estar dicho casi todo. Un ámbito comunitario de ternura y de proximidad. Sería la formulación que, de seguirse, haría innecesarias todas las reglamentaciones, tan interminables como incumplidas y, además, incomprensibles. Amándonos hasta el tráfico infernal parecería que lo es menos (…). 

   Bueno, empecé escribiendo sobre esta efeméride de género. Así que retomaré la idea. Algún día hasta las mujeres acabarán hartas de tanta congénere que las reivindica, hasta con violencia feminista. Yo estoy contra las injusticias, las desigualdades, las vejaciones, las humillaciones de unos contra otros, es decir, de los poderosos contra los débiles, en los momentos en que unos u otros están en tal o cual situación. Y celebraré cada vez que me encuentre con quien esté arrimando su hombro al del compañero o alargando su mano al caído. Y me entrará una alegría inmensa cada vez que la bondad tumbe a tanta estupidez.

[La voz de Alcalá, 15 al 31 de marzo de 2017, año XXV nº 449]

 
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Si quiere leer más textos de María del Águila Barrios en «CARMINA»,  pinche en su nombre.
 

EL ÚLTIMO ENCUENTRO O EL CREPÚSCULO DE LOS ADIOSES. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 7). Por Pablo Romero Gabella

 

Pte. Erzsebet, Budapest 2003El Puente de Erzsebet
Budapest
[Foto: LGV 2003]

 

Como dicen la mayoría de sus biografías, el escritor húngaro Sándor Márai (1900-1989) se suicidó en su residencia californiana meses antes de que cayera el Muro de Berlín en noviembre de 1989. Y esto se reitera porque su biografía es un resumen biológico de ese «corto siglo XX» al que se refería el historiador Eric Hobsbawm. Un siglo que otro húngaro, el poeta Imre Kertész, llamó «ese pelotón de fusilamiento en servicio permanente». Huyendo de esto, Márai abandonaría para siempre su país en 1948 y no vería el fin del régimen comunista por muy poco. Todo en Márai parece una apoteosis del adiós, de la nostalgia. Por ello no es casual que tratara en su obra la nostalgia por excelencia: la del imperio austro-húngaro. Su obra más representativa en este aspecto es una pequeña novela titulada El último encuentro, escrita en 1942, cuando Hungría estaba luchando al lado de Hitler en la guerra mundial. Cuando el humo de los crematorios del exterminio nazi comenzaban a oscurecer el centro y este europeo, Márai creaba una pequeña obra nostálgica con un argumento imposible. Éste era el reencuentro de dos amigos y camaradas de armas durante el Imperio en una mansión aristocrática y decadente («donde se desmoronan los restos de varias generaciones»), al cuidado de una vieja ama de llaves y donde reside uno de estos amigos, al que solo conocemos como «el general». El otro amigo, Konrad,  que se ha nacionalizado británico tras 40 años de estancia en Malasia, realiza algo poco creíble: entrar en un país enemigo en plena guerra.

   Pero obviando este aspecto, la novela es como una gota de ámbar prehistórico que ha guardado algo del pasado imperial; un «Parque Jurásico» de una época tan pasada como el Precámbrico: la del esplendor de la civilización burguesa que tanto fascistas como comunistas llamaban, con desprecio, «mundo decadente». Un mundo donde, en pensamientos del protagonista, «la sensación de que la vida era una fiesta desesperada, una fiesta trágica y majestuosa, cuyo final se proclamaría con el sonido de las trompetas y con el anuncio de alguna orden nefasta». De nuevo el pasado como una fiesta, tal como ya hemos visto en las obras de Banffy y Lernet-Holenia. Pero además de la fiesta ese viejo «mundo de ayer», tal como lo veremos en Zweig, era un mundo ordenado donde cada cual sabía cuál era su sitio: «todo era demasiado hermoso, demasiado redondo, demasiado perfecto. Uno siempre teme tanta felicidad odenada».

   Ese mundo feliz y ordenado se rompió para los tres protagonistas de la novela, -y digo tres porque a los dos amigos se une el fantasmal recuerdo de Krisztina, la mujer del general-  un día de octubre de 1900 cuando algo ocurrió entre ellos. Cuarenta y dos años después, los dos antiguos camaradas intentan comprender lo que verdaderamente pasó.

   La novela se divide en dos partes claramente diferenciables: la primera es el recuerdo de la época de esplendor del Imperio que el general nos relata; la segunda es la del encuentro que más que un diálogo es un monólogo por parte del general y que bajo mi opinión es la parte más decepcionante de la novela. Es una parte donde abundan sentencias tales como «la amistad es la relación más noble que puede haber entre los seres humanos». Por tanto, para nuestros propósitos lo más interesante de la novela es la primera parte, donde vemos reflejados los principales tópicos de la literatura sobre el fin del Imperio. Así vemos que el Imperio se nos presenta como un estado multiétnico pero en cuyo seno incuba el mal futuro de los nacionalismos. Esto lo advertimos en la descripción de la ciudad natural de Konrad, en la Galitzia : «sus habitantes –ucranianos, alemanes, judíos y rusos- vivían en un bullicio oficialmente controlado, como si existiera en la ciudad, en las casas oscuras de aire viciado, una corriente cada vez más fuerte, una especie de revelación o simplemente una insatisfacción mezquina y murmuradora». Este presagio se cumpliría en 1918 cuando implosionó  el viejo imperio de manos de una masa provinciana bien lejana del cosmopolitismo vienés, que «para volver a pronto a sus pueblos polacos, estaban destruyendo un imperio» (Alexander Lernet-Holenia, El Estandarte, 1934).

   Frente al anuncio de destrucción ambos amigos, a finales del siglo XIX, representaban, como jóvenes oficiales, el papel de guardianes del imperio, que velaban «por los sueños y por la seguridad del emperador y de sus cincuenta millones de súbditos, aunque no hicieron otra cosa que llevar su uniforme con dignidad y frecuentar la alta sociedad, oír valses, beber tintos franceses, charlar con las señoras…»

   Otro elemento prototípico es la figura del emperador, clave de la bóveda imperial, y el único que «era capaz de mantener el orden: el emperador, que era a la vez un sargento jubilado y Su Majestad, un simple funcionario y un grande seigneur, un rústico y un soberano». A él le debían fidelidad absoluta que es otro de los tópicos de esta literatura finisecular, como ya hemos podido comprobar en otras obras aquí reseñadas. Una fidelidad, una obediencia, que «era algo más profundo que el respeto a unas cuantas reglas. Había que llevar la obediencia en el corazón: esto era lo más importante. Había que tener la convicción de que todo estaba en su sitio».

   Unida a la fidelidad estaba su némesis: la traición, un tema que impregna toda la novela. Aquí es donde observamos el conflicto entre dos hombres hermanados en el deber y en el espíritu. Konrad es un desengañado del imperio, que incluso ha cambiado de nacionalidad y que nos dice (en uno de sus pocos parlamentos en la novela): «¿qué queda de todo aquello? Lo que mantenía todo unido, esa argamasa secreta, ya no existe. Todo se ha deshecho, se cayó a pedazos. Mi patria era un sentimiento. Ese sentimiento resultado herido…lo que juramos ya no existe…Todos han muerto…todos han traicionado lo que juramos. Hubo un mundo por el cual valió la pena vivir y morir. Aquel mundo murió…» Como en los personajes que ya nos son familiares (Menis, Bagge…) el general le responde: «para mí, aquel mundo sigue vivo aunque en realidad haya dejado de existir. Sigue vivo por el juramento».

   Esta lucha de caracteres sobre el significado de una época, de un mundo por el que mereció luchar, lo encontramos en la obra de otro nacionalizado británico, que como el personaje de Konrad, recorrió los mares del Sur; nos referimos a Joseph Conrad, que en esa pequeña joya romántica que es Los duelistas trata el mismo conflicto que nos relata Márai, pero centrado en otro imperio mítico-decimonónico: el napoleónico.

   Como en El último encuentro, dos oficiales de caballería  acaban enfrentándose (esta vez de forma cruenta) por una razón que también reviste forma femenina pero que acaba siendo secundaria. Así encontramos a dos caracteres completamente diferentes (pero complementarios); por un lado, el racionalista y «realista» D`Hubert, y por otro, Feraud apasionado y adicto hasta el tuétano al emperador. Como el general de Márai, el Feraud de Conrad le responde a su antiguo camarada que «jamás amó al Emperador. La imagen de aquel héroe sublime, encadenado a una roca en medio del océano, resta a tal punto valor a mi vida que recibiría con placer su oden de volarme los sesos».

   Con esta analogía literaria decimos un adiós a esta obra que como en la novela de Conrad «empezó en el misterio, se desarrolló en el misterio, y al parecer ha de terminar en la misma forma».
 

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EL ESTANDARTE O EL IMPERIO CONTRAATACA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 1). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [1ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 2). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [2ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 3). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [3ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [4ª PARTE, Y ÚLTIMA]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 5). Por Pablo Romero Gabella

EL BARON BAGGE O EL VÉRTIGO DE SER LOS OTROS. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 6). Por Pablo Romero Gabella

 

EL BARON BAGGE O EL VÉRTIGO DE SER LOS OTROS. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 6). Por Pablo Romero Gabella

 

Padre e Hijo en el Danubio, Braila, 2001

Pescadores en el Danubio
Braila
[Foto L.G.V. Rumanía 2001]

 

La obra del escritor austríaco Alexander Lernet-Holenia fue prolífica (110 libros propios, sin contar sus colaboraciones con otros autores como Stefan Zweig) en el campo de la novela, el ensayo, el teatro, la poesía y la biografía (destaca una de Greta Garbo). De su obra ya hemos reseñado El Estandarte (1934), ahora traemos una de sus novelas más conocidas y que fue lectura de referencia en institutos y universidades de lengua germana. Nos referimos a El barón Bagge, que comenzó siendo una obra por entregas titulada El puente de oro y publicada en abril de 1936 en el popular semanario gráfico Berliner Illustriestre Zeitung. Poco después pasaría a editarse como libro, con el título que ya conocemos, por una editorial berlinesa.

   El comienzo repite el modelo de gran parte de sus novelas: el recuerdo, el flash-back del protagonista sobre acontecimientos pasados. En este caso, nuestro protagonista vuelve a ser otro joven oficial, el barón Bagge, que con la ocasión de una recepción oficial de postguerra recuerda cuando sirvió en el Regimiento de Dragones del Marqués y Conde Von Gondola en la campaña de los Cárpatos de 1915. Bagge, como también ocurría en El Estandarte, aparece como trasunto del autor, ya que éste sirvió con 18 años como voluntario en el 9º Regimiento de Dragones e hizo toda la Gran Guerra en el Frente Oriental.

   A pesar de la naturaleza fantástica del  relato, el contexto histórico y las localizaciones geográficas son reales ya que el autor participó en dicha campaña, conocida por los historiadores como la batalla de los Cárpatos. Ésta fue una larga batalla invernal que transcurrió entre febrero y marzo de 1915 y que enfrentó a los ejércitos austro-húngaros y ruso al mando respectivamente de Franz Conrad Von Hotzendorf y del Gran Duque Nicolai. La operación fue la respuesta austríaca al arrollador avance ruso de comienzos de la guerra y que los  había llevado a la llanura húngara. El resultado final fue un desastre para el Imperio, que no tenía ni la preparación ni el equipamiento necesarios para una operación de tal envergadura; fue todo un anticipo de lo que ocurriría tres años después y que llevaría al hundimiento de la Corona bicéfala de los Hasbsburgo. En la narración hay algo de ese fatalismo, de esa ilusión de victoria que encubría la dura realidad.

   Bagge formaba parte de un estrafalario escuadrón de reconocimiento al mando de un capitán loco y borracho (Von Semler de Wessernemburg) y compuesto por una tropa variopinta, reflejo del Imperio multinacional: polacos de Galitzia, rumanos de Transilvania y alemanes de la Bucovina; y para rematar, se les unió un oficial norteamericano de Kentucky. Una troupe de «jinetes fantasmales» que parecen empujados «hacia delante por algo invisible». Como en el relato de Washington Irving sobre el «jinete sin cabeza», se adentrarán en un territorio de sombras, de frondosos bosques y llanuras heladas, envueltos en un permanente «estado de ensueño».

   No obstante, como antes dijimos, este territorio era real y así lo demuestran sus claras indicaciones geográficas: Tokai, Nyireygháza, Urgáv o Kassa (en la actual Eslovaquia y lugar de nacimiento del escritor Sandor Marai, del que también hablaremos en otra ocasión). Estas localidades se encuentran en el linde de la llanura húngara y las estribaciones de los Cárpatos. A medida que se internan en territorio enemigo el espacio geográfico pasa de real a mítico, confundiéndose realidad y ensueño. Es lo que se ha denominado «realismo fantástico; para Héctor Orestes (traductor de esta obra para la edición de 2007 de la UNAM) Lernet-Holenia es partícipe del particular estilo del escritor checo Leo Perutz, del que fue amigo y discípulo.

   Las peripecias entre bélicas y oníricas nos llevarán a un pueblo húngaro que es una especie de oasis de paz en medio de la guerra y que nos recuerda a ese «último valle» de la película homónima de 1970 dirigida por James Clavell. Allí Bagge se (re)encontrará con una prometida, que nunca lo fue en realidad, y él con ella. El tema que subyace a toda la obra: la añoranza del viejo Imperio. En esa ciudad, que parece un parque temático imperial, las veladas son eternas (tal como las describió, el ya conocido por nosotros, Miklos Banffy) y los bailes de máscaras son el reflejo esperpéntico de un mundo pasado, fantasmagórico, pero por el cual Bagge y los suyos siguen luchando. Vestidos y uniformes que son sudarios, «como si toda aquella gente sencillamente hubiera sacado de los armarios los trajes de sus abuelos y bisabuelos y se hubieran vestidos como ellos». Si hubiera una música que pudiera acompañar a la lectura sería, sin duda, el «Vals triste» de Sibelius escrita en 1903 y que formaba parte de la música incidental de la obra de teatro Kuolema (Muerte en finlandés).

   Bagge se encontrará sumido en el mismo estado de estupefacción del enamorado imposible que James Stewart en la película Vértigo (1958) que en España se subtitularía como De entre los muertos. El baile de máscaras que se celebra en honor de los soldados libertadores nos lleva literariamente a otro baile: el del relato de Poe La máscara de la muerte roja. Bagge envuelto en el confeti de la fiesta se nos parece a la efigie del Príncipe de Salina, cubierto por el polvo del tiempo, en la Iglesia de Donnafugata.

   Todas estas referencias que se me vienen al pensamiento me dicen que algo hay de este libro en la obra de Aménabar, o de lo que es lo mismo, en nuestra conciencia colectiva actual donde «vivimos en ese tiempo y en ese espacio que se extienden entre el morir y el verdadero estado de muerte».

 
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EL ESTANDARTE O EL IMPERIO CONTRAATACA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 1). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [1ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 2). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [2ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 3). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [3ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [4ª PARTE, Y ÚLTIMA]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 5). Por Pablo Romero Gabella

 

«ANDALUCÍA», DE JOSÉ MARÍA PEMÁN, Y UN ARTÍCULO DE ENRIQUE SÁNCHEZ DÍAZ SOBRE EL CAMBIO DE NOMBRE A UNA CALLE

 
PEMÁN ALCALÁ 1

Detalle de la ilustración de sobrecubierta de Andalucía

(Acuarela)

[Federico Lloveras Herrera (1912-1985)]

 

DE SEVILLA A CÓRDOBA

(Fragmento)

 

La técnica no sabe nunca los resultados que sus milagros van a producir. Cuando Edison inventó el fonógrafo creyó —así lo dijo— que serviría para conservar en las familias las últimas palabras de un moribundo querido. Se hubiera asombrado, probablemente, si hubiera vivido hasta enterarse de que su máquina iba a servir para repetirnos incansablemente esas canciones que lamentan que no existan angelitos negros o que nos certifican que en México se piensa mucho en Madrid. Del mismo modo, al lograrse el automóvil, no se pensó seguramente todo el recobro de belleza natural, toda la reconquista de mundo y paisaje que, en gracioso desquite de la poesía frente a la técnica, iba a significar la era de su florecimiento… El tren nos daba un mundo seleccionado, injusto, parcial. Iba por donde iba, nada más. Zonas enteras de cada país se quedaron sin voto en ese «sufragio restringido» de los cartoncitos rosas y azules del ferrocarril. Por eso la poesía del tren, o se desentiende del paisaje y es pura anécdota de «interior» como el «tren expreso» de Campoamor, o mira al paisaje, como Juan Ramón Jiménez, por la ventanilla, en pura melancolía y nostalgia. El paisaje se va. El paisaje no se puede pisar, ni tocar. Además, ¿qué queda detrás de lo que se ve?

   A todo esto contestó el automóvil. Y todo este preámbulo, por el que pido perdón, lo he escrito para aconsejaros que, naturalmente, al salir de Sevilla para Córdoba, toméis un automóvil.

   Para hacer este recorrido se nos ofrecen tres caminos principales que enumeraré de norte a sur: la ruta de la sierra, brava y fragosa, minera y arisca. Sus etapas principales serán Cazalla, Fuenteovejuna, Peñarroya y Villaharta; la ruta del río, mansa y suave, agrícola, hiriente de cal. Sus nombres están vinculados al Guadalquivir: Lora del Río, Palma del Río, Almodóvar del Río, Posadas. Y la carretera general; esto es: el camino turístico y fácil con dos localidades esenciales: Carmona y Écija.

   Sea ésta la ruta escogida en gracia a la comodidad que nos ofrece. Buen asfalto para el coche y la seguridad de mínima distancia para nuestra hambre —o nuestro vicio— de tiempo, pero permítaseme aconsejar a mi amigo viajero una ligera variante que con el breve aumento de ocho kilómetros nos permitirá pasar por una población de notable interés y bellas perspectivas: Alcalá de Guadaira.

 

PEMÁN ALCALÁ 2

Alcalá de Guadaira, llamado también Alcalá de los Panaderos

[Foto: Ramón Dimas Monserrat (1919-1965]

 

   Así, pues, nuestro itinerario desde Sevilla partirá en dirección Este por la carretera de Alcalá hasta las orillas del Guadaira y aquí, abandonando la carretera de primer orden, tomaremos la que, pasando por Mairena y El Viso, nos llevará a Carmona. Es éste un camino de segundo orden cuyo macadam —al menos en las últimas veces que lo he recorrido— está en buen estado. No tiene más que ese bacheo mínimo que nos recuerda que estamos sobre la tierra y nos invita a mayor lentitud y a no desdeñar el paisaje.

   Nada más lejos de la realidad que imaginarse la salida de Sevilla como un hecho neto y rotundo que nos traslada de la ciudad al campo tal como suele ocurrir en la meseta castellana. Aquí todo es menos arisco y definido, de tal manera que empezamos a ver cómo los verdes de una plaza sevillana, o los desbordantes geranios de sus balcones, van aumentando el porcentaje de naturaleza sobre edificación. Vamos saliendo de Sevilla así, premiosamente, porque el caserío no cede terreno al campo sin una lucha incruenta, pero tenaz. Todavía, cuando ya los hitos de Obras Públicas nos señalan seis kilómetros de lejanía sevillana, un nuevo caserío pedáneo —Torreblanca— nos presenta los jirones de cal de sus fachadas entre los olivos, para prolongar esta despedida amorosa y lenta. Ahora ya las pardas filas de los olivares parece que han vencido definitivamente, y la carretera se nos ofrece, al fin, con su negra mansedumbre de esclava, sin tentaciones urbanas que nos entretengan. ¡Qué difícil le es acabar a Sevilla!

   No sé en qué época vendréis a recorrer este camino. He aquí una dificultad no prevista si pretendiera ajustar mi descripción al paisaje que van a contemplar vuestros ojos. Lo he cruzado tantas veces, no obstante, que os lo pudiera ir diciendo al oído con los ojos cerrados: duro y quebradizo bajo la escarcha, en el invierno, con reflejos metálicos sobre la helada; jugoso en primavera, poblado de ruidos y gritos de gañanes; polvoriento en el dorado verano, cuando las cigarras arrullan la siesta incansables, y fatigado ya en el otoño con esa anciana faz de los olivos rugosos como campesinos viejos, un poco socarrones, de vuelta de las cosas.

   La carretera se introduce ahora entre angosturas cortadas a la derecha por el cauce del río Guadaira. Estamos entrando en la población de donde, tradicionalmente, Sevilla se surte de pan. Si nuestra llegada coincide con la transparencia mañanera, el suave vaho húmedo del río os olerá a pan tierno y crujiente, a pan dorado con calor de los hornos. Por algo a Alcalá de Guadaira se le suele llamar todavía, entre los sevillanos, Alcalá de los Panaderos.

 

PEMÁN ALCALÁ 3

La inevitable corona del castillo desdentada sobre Alcalá de Guadaira

[Foto: Ramón Dimas Monserrat (1919-1965]

 

[JOSÉ MARÍA PEMÁN (1897-1981).

Andalucía.

Ediciones Destino. Barcelona, 1958.

Págs. 114-116]

 

JOSÉ Mª PEMÁN (SELLO DE CORREOS)

 

UNA PROPUESTA EQUIVOCADA Y DISCUTIBLE

Por Enrique Sánchez Díaz

 

Con la de cosas tan importantes que hay que hacer en Alcalá nos encontramos que la más perentoria es la propuesta de Izquierda Unida-Alternativa Alcalareña de cambiarle el nombre a una calle, después de cuarenta y dos años, con el argumento de que José María Pemán era un franquista. Cada día los ciudadanos comprendemos menos estas actitudes que separan más que unen.

   Yo conocí a Pemán en un festival flamenco en Las Cabezas de San Juan. Entonces nadie se opuso a que recibiera la Yerbabuena de Plata. Y se la dieron personas poco sospechosas de ser franquistas. Yo tampoco lo soy y si alguien quiere acusarme de serlo que me lo diga.

   El ciudadano alcalareño, a mi modo de ver, está un poco desorientado por las actuaciones de los políticos municipales, los de la izquierda y los de la derecha. Tenemos muchos problemas y los políticos actuales hacen poco para resolverlos, no hacen casi nada para buscar soluciones a tantas y tantas preocupaciones de los ciudadanos, como por ejemplo, el paro.

   Hacer propuestas de difícil cumplimiento. Retirar banderas, bustos y cambiar nombre a las calles es, por lo menos, emprender un camino equivocado. El callejero forma parte de la historia de un pueblo siempre que no contenga nombres de dictadores o asesinos.

   Me gustaría además saber quién o quiénes van a pagar las molestias que supone este cambio de nombre si no se da marcha atrás. Los residentes y comerciantes de la calle están obligados a renovar el DNI, el carné de conducir, sus recibos, cambiar impresos, tarjetas de visita… y cualquier otra documentación que sea necesaria para su identificación.

   ¿Se les ha preguntado a los residentes si están de acuerdo en que se les cambie el nombre de su calle? ¿Conocen al escritor?

   También, ya puestos, se podrían retirar todos los libros de Pemán que hay en las bibliotecas de Alcalá y en las de toda España, incluso se puede obviar su lectura.

   Existen en más de una veintena de ciudades y poblaciones, regidas por el PSOE, C’s y PP, calles que mantienen el nombre del escritor. ¿Qué pasa?

   Termino reseñando lo que se aprobó por Pleno en la Ordenanza de Nomenclátor: «La aprobación de la denominación de vías públicas, así como la modificación de las ya denominadas compete al Pleno del Ayuntamiento a propuesta de la Comisión Municipal de Nomenclátor». No al revés. Ténganlo en cuenta los que lo aprobaron.

 

[ENRIQUE SÁNCHEZ DÍAZ.

La voz de Alcalá, 1 al 14 de noviembre de 2016,

año XXV nº 440]

 

FUNERALES DE ATILA, EL AZOTE DE DIOS. Por José Manuel Colubi Falcó

Atila se encuentra con el Papa León

Atila  (395-453) y el papa San León I el Magno (390-461)

[Crónica ilustrada húngara (c. 1360)]

«El cual [Atila], según cuenta el historiador Prisco […], como asociara en matrimonio a una joven muy hermosa, de nombre Ildico, después de haber tenido innumerables mujeres según era costumbre de aquella gente, y en sus nupcias, suelto por una excesiva hilaridad, pesado por el vino y el sueño, yaciera boca arriba, un abundante flujo de sangre, la que a menudo fluía de su nariz, al ser impedido su paso por los conductos acostumbrados, se precipitó por su garganta […] y lo mató. […] Con la siguiente luz, cuando ya había pasado parte del día, los ministros del rey, […] rompen las puertas y hallan el cadáver de Atila sin una herida, […] y a la muchacha, llorosa, cabizbaja, cubierta por el velo. Entonces, según es costumbre de aquella gente, cortada parte de su cabellera, desfiguraron sus caras con hondas heridas, para que un eximio guerrero no fuera llorado con lamentaciones y lágrimas femeninas, sino con sangre viril.

   »Colocado el cadáver en medio del campo, dentro de una tienda de seda, […] los más selectos jinetes […], dando vueltas a la carrera, […] contaban sus hechos en un canto fúnebre: “Singular rey de los hunos, Atila, engendrado por Mudzuco, señor de las más bravas gentes, que con poder inaudito antes posee él solo los reinos escíticos y germánicos, y con la conquista de ciudades aterró a uno y otro imperio de la Urbe de Roma, y para que no fueran sometidas las demás a botín, aplacado por preces, recibió tributo anual; y cuando hubo hecho todo esto con resultados felices, no por herida de enemigos, no por insidias de los suyos, sino con su gente incólume, entre gozos, feliz, sin sentir dolor, murió”.

   »Después, sobre su túmulo celebran la que ellos llaman estrava, con un gran festín, y, uniéndose alternativamente en sentido contrario, se desplegaban con un luto fúnebre mezclado con alegría. Y de noche, en secreto, protegen con coberteras el cadáver escondido en la tierra, primero con oro, segundo con plata, tercero con el rigor del hierro, significando así que todo ello convenía a un rey potentísimo: el hierro, que fue señor de pueblos; el oro y la plata, que recibió el ornato de una y otra república (Roma y Bizancio).» (Jordanes, Getica 49, 254-258).

 

[La voz de Alcalá, 15 al 31 de enero de 2017, año XXV nº 445]

 

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [4ª PARTE, Y ÚLTIMA]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 5). Por Pablo Romero Gabella

 
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Café y copa de «Unicum»
[Foto: LGV Budapest 2004]

 

Además de las fiestas y otros eventos, como las carreras de caballos, en Budapest se desarrolla la vida política de Bálint; como antes dijimos, es diputado (independiente) por una ciudad venida prácticamente a aldea, pero que mantenía aún el privilegio de llevar a un diputado al Parlamento. Una asamblea dividida entre los partidos gubernamental y nacionalista. El primero defiende la vigencia del Compromiso de 1867 que hizo nacer el Imperio austro-húngaro (antes llamado Imperio austríaco y antes de Napoleón, Sacro Imperio Romano Germánico). Este acuerdo se basaba en el presupuesto de la igualdad entre los reinos de Austria y Hungría, dotando a los segundos de una autonomía para cuestiones administrativas, culturales, educativas, etc… Con ello se intentaba cerrar (en falso) las heridas de la revolución nacionalista de 1848 y unir los destinos de húngaros y austriacos en la persona del emperador, que era a la vez rey de Hungría.

   La oposición nacionalista trataba de ampliar la autonomía húngara y sobre todo, oponerse a los intentos de centralización del futuro emperador Francisco Fernando. Esta lucha política se observa en la novela en los planes de subordinación del ejército húngaro respecto al imperial, cosa a la que se oponían ferozmente los nacionalistas. Esta tensión estará presente durante toda la novela y será retratada, no obstante, de forma bastante desapasionada a través de los ojos del escéptico Bálint, que al ser independiente no se identificaba con ninguno de los dos bandos.

   El sistema representativo húngaro se parecía bastante al español de la Restauración. No existía el sufragio universal y el voto estaba en manos de las élites de Budapest que, a través de los gobernadores, organizaba el encasillado de los candidatos en cada una de las circunscripciones. Así fue el caso de la elección de Bálint que fue todo un cúmulo de irregularidades que pasaban por la compra de los votos y otros tejemanejes de los cuales el protagonista nunca se enterará, o al menos, no querrá entender.

   Al final de la novela la situación de bloqueo del Parlamento, ante las exigencias de los centralizadores de Viena (instigados por el Archiduque Francisco Fernando), provocaría una aguda crisis política que haría caer a un gobierno, llevaría a disturbios callejeros y batallas campales en la mismísima cámara. Todo esta situación tendría como respuesta, por parte del emperador, el cierre del Parlamento manu militari y la designación de un gobierno adicto a Viena que los húngaros llamarían gobierno de guardianes.

   Ante la imposición imperial los principales partidos húngaros pactaron un gobierno de coalición a cambio de que se volviera a abrir el Parlamento. Este nuevo cierre en falso de la crisis secular del modelo del Imperio bipartito tendrá unos claros damnificados: las minorías nacionales, sobre todo rumanos y croatas que siguieron bajo el dominio de los húngaros. En este punto, el autor no oculta el (mal)trato del nacionalismo húngaro con respecto a los pueblos dependientes de su administración, que era muy similar al que los propios húngaros recibían de los austríacos. La clase dirigente húngara vivía en una esquizofrenia constate entre liderar una lucha por la independencia y, a la vez, codirigir un régimen que no permitía la más mínima concesión a otras nacionalidades.

   Todo este complicado sistema de la monarquía dual será el que el viento de la Gran Guerra se llevará consigo, y con él a toda una sociedad aristocrática de raigambre feudal que Banffy retrató en sus días contados.

 
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EL ESTANDARTE O EL IMPERIO CONTRAATACA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 1). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [1ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 2). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [2ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 3). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [3ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

 

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [3ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

 
El Nueva York (2) (2000)

Café Nueva York

Budapest

[Foto: LGV 2000]

 

Hemos visto la dualidad entre los personajes protagonistas, en lo referente a dicotomía geográfica de la narración nos encontramos entre la rural y atrasada Transilvania y la moderna Budapest (que ya tenía metro desde 1896). El autor nos describe con todo lujo de detalles la naturaleza de su región natal, que es también la de sus criaturas de ficción. Con detalle se nos describe una región de una naturaleza bella pero a la vez cruel, sobre todo en las zonas montañosas de los Cárpatos (los neveros) donde transcurre una parte importante de la novela. Una región donde una minoría de latifundistas húngaros dominan a una población mayoritariamente rumana y a la que trata con un paternalismo cuasifeudal, cosa que no es de extrañar en el agro de la Europa central y oriental, donde la desaparición legal de la servidumbre no fue nunca total. En la relación de la aristocracia con los campesinos y el resto de la población que no era noble se basaba el orden de ese viejo mundo que desaparecería décadas más tarde.

   En una conversación entre ambos primos, al final de la novela, Bálint le reprocha a Lazslo que abandonase su tierra y que desertara de su función en la vida: mantener lo heredado, mantener el honor de la familia cuidando de sus posesiones, de sus sirvientes y campesinos. El honor es otro gran tema de la novela. El honor entendido como una cualidad que debía ser así percibida por sus iguales y que era un bien preciado que todo caballero debía preservar ante la mínima ofensa. El honor, por tanto, era una representación virtuosa, no una virtud en sí misma. Quien no era capaz de defender el honor era repudiado por la comunidad aristocrática. Esto obligaba ante cualquier ofensa la solución del duelo entre caballeros, y que pusiera a cada cual en su sitio. En la novela aparecen dos duelos, uno consumado y otro no y que tendrán como protagonistas a Bálint y Lazslo. En cuanto a las mujeres, el honor se convierte en honra y su pérdida conllevaba a su vez la pérdida del honor del marido, hermano o padre. Esta concepción del honor no era exclusiva de los nobles húngaros, sino que era compartida por toda la buena sociedad en Europa y América y que era el lenguaje común de aquel mundo de ayer.

   En el imaginario de la nobleza húngara, éstos se veían como los guardianes de un orden eterno que mediaba a través de los siglos entre el pueblo y el poder (ya fuera austríaco, turco o ruso). Tenían la obligación de velar por el bienestar físico y moral de sus dependientes, que eran tratados como niños pequeños, incapaces de autogobernarse sin la presencia de un tutor. Ésta es la idea político-ideológica medular de la novela y la que da sentido a la vida de nuestros protagonistas, familias, amigos y amantes, que parecen vivir una fiesta sin fin.

   De tal forma que los vemos pasar innumerables fiestas, bailes, cotillones, carnavales, carreras hípicas y sobre todo, partidas de caza que se reparten por todo el año y que, según nos cuenta el autor, hacía que el Parlamento de Budapest fijara sus reuniones atendiendo al calendario de estos eventos sociales. Es allí, en Budapest donde se desarrollará la otra parte de la novela. Pero dejaremos la capital para la última entrega de estos días contados.

 
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EL ESTANDARTE O EL IMPERIO CONTRAATACA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 1). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [1ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 2). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [2ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 3). Por Pablo Romero Gabella

 

MARAVILLAS DE JESÚS NIÑO. Por José Manuel Colubi Falcó

 

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Belén alcalareño

[Foto: LGV 2008 Alcalá]

 

El texto latino que ahora traduzco pertenece también al manuscrito mencionado en la colaboración correspondiente a diciembre del año pasado. Es el penúltimo del «Libro sobre la infancia del Salvador», publicado dentro de los apócrifos de la infancia. Y repito que es uno más de los muchos relatos fantásticos sobre la vida de Jesús, cuyo origen hay que buscarlo en el medievo.

   El texto en versión española dice así:

   «6. Un día, en la estación invernal, como el sol luciera radiante en toda su virtud, un rayo del mismo entró por una ventana y se extendió desde ésta hasta la pared, en la casa de José. Allí estaban jugando con Jesús unos niños de su misma tribu, hijos de los vecinos, corriendo de un lado para otro, y Jesús se sube a un rayo de sol, pone sobre él sus vestidos y se sienta como si se tratara de una viga muy firme. Habiendo visto tal (maravilla) los niños que con él jugaban, compañeros de su misma edad, pensaban que ellos también podían hacer de modo semejante. E intentaron subir, para sentarse con Jesús, en el juego, siguiendo su ejemplo, pero “[…] nos hacemos trizas.” Mas Jesús, a instancias de María y de José, soplando con suavidad sobre el lugar doliente, curaba todas las lesiones de todos los que se habían lastimado, y dijo: “El Espíritu sopla donde quiere y sana a los que quiere.” Y fueron sanados. Y contaron todas estas maravillas a nuestros padres. Y esta historia se hizo manifiesta en Jerusalén y en los remotos confines de Judá. Y la fama de Jesús se multiplicó en el círculo de las provincias. Y vinieron para darle la bendición y para que fueran bendecidos por Él. Y le dijeron: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos de los que mamaste.”

   »José y María dieron gracias a Dios por todas aquellas maravillas que habían oído y visto.»

[La voz de Alcalá, 15 al 31 de diciembre de 2016, año XXV nº 443]

 

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LAS ABARCAS DESIERTAS. Cuando la víspera de los Reyes Magos, a propósito de un homenaje de «CARMINA» al poeta MIGUEL HERNÁNDEZ (1910-1942)

AL PRINCIPIO ERA EL VERBO. Juan 1, 1-18

DE LA INFANCIA DE JESÚS. Por José Manuel Colubi Falcó

LA ANUNCIACIÓN DE JESÚS. Lucas 1, 26-38

LA ADORACIÓN DE LOS MAGOS. Mateo 2, 1-12

FICCIÓN DE NAVIDAD. De la serie «RECORTES», Nº 103. Por Pablo Romero Gabella

ZAGALEJOS, VENID AL PORTAL. Poema de autor anónimo del siglo XVII con fotografía de Manuel Verpi 2014

PORTALICO DIVINO (1606). Francisco de Ávila

ERES NIÑO Y HAS AMOR. Fray Íñigo de Mendoza (1425-1507)

NAVIDAD, 2014. Antonio Luis Albás y de Langa

NAVIDAD. 100 AÑOS DE «PLATERO Y YO». Homenaje de «CARMINA» al poeta Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

AL NACIMIENTO DE CRISTO NUESTRO SEÑOR. Luis de Góngora y Argote (1561-1627)

LA PALMERA. Gerardo Diego (1896-1987)

NATIVIDAD. Vicente Núñez

PALIQUES DE LA VIRGEN EN LA MAÑANA DEL NIÑO (AÑO DE 1954). Vicente Núñez

NACIMIENTO DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA GRAVIDEZ DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó

JOSÉ VA A EMPADRONAR A SU FAMILIA. Por José Manuel Colubi Falcó

LA ANUNCIACIÓN (1472-1475). Pintura de Leonardo da Vinci (1452-1519)

NAVIDAD 2013, Antonio Luis Albás

LA ANUNCIACIÓN DE MARÍA. Por José Manuel Colubi Falcó