Posts categorized “Pablo Romero Gabella”.

VIENA O LO QUE HA QUEDADO DE EUROPA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 16). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

concierto-de-ano-nuevo-de-vienaConcierto de Año Nuevo en Viena

 
 
 

Leemos la crónica del Concierto de año nuevo celebrado en el Teatro de la Maestranza de Sevilla el 3 de enero de 2020:

   «Austria lo ha sabido vender con tanto éxito que se ha convertido en el más visto y oído del planeta,  gracias a las incontables transmisiones  televisivas y radiofónicas, que nos muestran sonidos, paisajes y danzas de un mundo feliz. Ese mundo que no existe (ni ha existido nunca) ni en Viena ni en ninguna parte.»[1]

   El crítico se refería, ya lo habrán adivinado, al Concierto de año nuevo original, el de la Filarmónica de Viena (Neujanhrskonzert) del cual, por cierto, ya hemos hablado en nuestras Noticias de un imperio[2]. Pero centrémonos en la idea expuesta de vender un mundo feliz pero falso.

   Comencemos por algo ya sabido por nosotros: es ya un lugar común señalar la imagen de Viena como ciudad-relicario de una grandeza imperial perdida. Una ciudad, en el fondo, vacía o vaciada de contenido real y superlativa en el deslumbrante envoltorio. Ya hemos visto aquí algo de esto, en esta ocasión fijémonos en lo que vio el periodista sevillano Manuel Chaves Nogales en 1928.

 
 
 

Manuel Chaves Nogales

(1897-1944)

 
 
 

  En el número anterior de Noticias de un imperio nos referimos a su libro La vuelta a Europa en avión cuando el autor recaló en Praga.  Tras dejar la «república de profesores», donde la germanización sólo quedaba en sus zonas industriales, Chaves Nogales llega a una nueva república, la austríaca, y lo primero que advierte es su tamaño.  «Toda Austria es su capital, toda Austria es ciudad», nos dice. Viena se le aparece como una cabeza a la que le faltara un cuerpo, pero ¿cuál? La solución más evidente sería el ya señalado Anschluss con Alemania. Pero, según el autor, los vieneses prefieren más que a los alemanes a los ingleses, ya que «Austria es hoy una colonia espiritual de Inglaterra». Sorprende esa idea ya que no todos los austríacos fueron fervientes pangermanos como su paisano Hitler. Habría muchas resistencias a formar parte del III Reich y nuestro periodista sevillano advirtió, diez años antes, que lo germano no era lo fetén entre los vieneses (sobre este tema se estrena estos días la última película de ese particular director norteamericano que es Terence Malick y cuyo título es Una vida oculta).

   Al comparar Praga con Viena, nuestro autor señala que la «vida amable de la gran ciudad imperial (…) lo ha perdido todo menos este señoreo de sí misma, este goce sensual de la existencia que Praga, por ejemplo, la vieja capital de provincia, no sabrá sentir jamás».  Ese señorío hace que Viena estuviera «viviendo a costa del pasado», del pasado imperial se entiende.

 
 
 

Viena

 
 
 

   Ese vivir de lo pasado hace que el ritmo de la vida vienesa sea «un ritmo viejo, un ritmo que ya no se usa». Un ritmo de otra época, de la Belle Epoque o si lo prefieren del «mundo de ayer» de Stefan Zweig al que tanto nos referimos. Ese ritmo viejo o anticuado lo podemos percibir en el segundo movimiento de la Sexta Sinfonía de Mahler, toda una crítica a que él vivía y sufría en la Viena de principios del siglo XX.[3]

   La persistencia de este ritmo, según el autor, explica el éxito de los valses y de la opereta en Viena.  Dando a la ciudad un «tono frívolo y sentimental» que tan bien reflejó Zweig en algunas de sus novelas cortas como Carta a una desconocida (1922), que no sabemos si el propio Chaves Nogales ya conocía. Y es que hay algo de esa historia cuando nuestro sevillano nos contrapone a las robustas deportistas alemanas con  «las madamitas vienesas arrebujadas en sedas, con sus coqueterías y sus resabios vagamente sentimentales, son la supervivencia del viejo sentido europeo del amor.»

   Frente al naturismo y nudismos triunfantes, a las ordalías de placer moderno a lo Josefine Baker o al ritmo trepidante del jazz que triunfan en la no muy lejana Babilonia berlinesa, Viena es un lugar extraño…

 
 
 

Palacio imperial de Viena

 
 
 

   «Viena es inexplicable (…) A pesar de la grandeza de los palacios, de la escrupulosa municipalización de los comercios suntuosos, la vida cara, las frivolidades, las joyas, las sedas, las mujeres, se advierte en seguida que todo aquello se mantiene milagrosamente, acaso por la inercia, quien sabe a costa de qué íntimas catástrofes.»

   Una ciudad perdida en el  tiempo como una Shangri-La  romántica y decadente  donde convive la grandeza y la miseria, donde el parque del Práter acoge a una multitud de la cual no sabemos cómo se gana la vida pero que no renuncia a disfrutarla.[4]

   «No hay modo de explicarse lógicamente sus contradicciones, su apariencia fastuosa y su miseria íntima, sus palacios, sus museos, sus porcelanas y su orfebrería al lado de estas gentes mal alimentadas y estas muchachitas graciosas con las piernas desnudas porque no hay medias (…) Viena ciudad imperial y mendicante es hoy el gran enigma de Europa».

   Para Chaves Nogales Viena «es lo único europeo que queda en Europa» tras la guerra mundial, el ascenso del comunismo y la arrolladora cultura y economía consumista norteamericana que es a la vez quien, con sus dólares, reconstruye la maltratada vieja Europa. La misma que fue el reducto de aquella época de seguridades, la misma que buscaba el protagonista de Huida sin fin de Roth y que ya no encontró jamás.[5]

   Parafraseando a otro de los mejores libros de Manuel Chaves Nogales podemos decir que Viena fue lo que había quedado de Europa. Si hoy un periodista hiciera el mismo periplo que nuestro autor, ¿podría decir algo similar? ¿podría decir que algo ha quedado de Europa?

 
 
 [1] José Luis López, “Rapsodias, danzas…y Viena”, ABC Sevilla, 4 de enero de 2020.

[2] Noticias de un imperio, nº 11, “El vals infinito”, http://revistacarmina.es/?p=40239.

[3] Sobre esta sinfonía en Carmina: http://revistacarmina.es/?p=40518.

[4] Recordemos lo que el escritor norteamericano John Dos Passos escribió: “Viena es una vieja reina de la comedia musical que agoniza en un asilo de pobres…» (Cita que aparece en Noticias de un imperio, nº 12, “Requiem alemán o algo huele a podrido en Viena”, http://revistacarmina.es/?p=40583)

[5] Noticias de un imperio, nº 10, “Huida sin fin o el judío errante”, http://revistacarmina.es/?p=40095

 
 
 __________________________________

 
 
 EL ESTANDARTE O EL IMPERIO CONTRAATACA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 1). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [1ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 2). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [2ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 3). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [3ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [4ª PARTE, Y ÚLTIMA]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 5). Por Pablo Romero Gabella

EL BARON BAGGE O EL VÉRTIGO DE SER LOS OTROS. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 6). Por Pablo Romero Gabella

EL ÚLTIMO ENCUENTRO O EL CREPÚSCULO DE LOS ADIOSES. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 7). Por Pablo Romero Gabella

SIEMPRE NOS QUEDARÁ VIENA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 8). Por Pablo Romero Gabella

GEORG TRAKL: LA DECADENCIA DE UN IMPERIO. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 9). Por José Miguel Ridao

«FUGA SIN FIN» O EL JUDÍO ERRANTE. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 10). Por Pablo Romero Gabella

EL VALS INFINITO. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 11). Por Pablo Romero Gabella

«RÉQUIEM ALEMÁN» O ALGO HUELE A PODRIDO EN VIENA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 12). Por Pablo Romero Gabella

LA SAGA DE LOS TROTTA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 13 – 1ª Parte). Por José Miguel Ridao

«EL TENIENTE GUSTL» O LOOR A LA MUERTE Y A LA CARNE. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 14). Por Pablo Romero Gabella

PRAGA, DONDE LOS CONDENADOS PAGAN CARA SU REDENCIÓN. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 15). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

PRAGA, DONDE LOS CONDENADOS PAGAN CARA SU REDENCIÓN. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 15). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

Manuel Chaves Nogales

(1897-1944)      

 
 
 

«Yo era eso que los sociólogos llaman un pequeño burgués liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria». De esta manera se describía a sí mismo el periodista y escritor sevillano Manuel Chaves Nogales (1877-1944) en 1937, en su prólogo a a su libro A sangre y fuego. En su breve autorretrato vemos su estilo: directo, sin las florituras que pudiéramos prever de su ascendiente andaluz.

   Descubierto desde no hace mucho por el público lector, Chaves Nogales es uno de los principales periodistas españoles del siglo XX. De su mano salieron además de multitud de artículos y reportajes, libros tales como Juan Belmonte, matador de toros, su vida y sus hazañas (1934), El maestro Juan Martínez que estaba allí (1934) y la obra que hoy referimos: La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929).

   Este libro recogía y ampliaba una serie de reportajes, escritos en 1928 para el  periódico madrileño Heraldo de Madrid,  que supusieron una gran novedad para la época ya que el medio de transporte utilizado fue el aéreo. Nuestro autor recorrió más de 16.000 kilómetros por toda Europa, destacando su periplo por la URSS que estaba moldeando Stalin. La importancia de su experiencia soviética, explica el subtítulo que le dio a su libro en 1929.

 
 
 kafka (pared) Praga 1991

Kafka

(Pintura sobre un muro en una calle de Praga)

[Foto: LGV Checoslovaquia 1991]

 
 
 

   Pero pasemos a lo que nos interesa.  A su vuelta a España tuvo dos breves paradas en tierras del extinto imperio austro-húngaro: Praga y Viena. En este artículo nos dedicaremos a la primera, y la ciudad imperial la dejaremos para otro siguiente.

   Lo primero que le llama la atención al sevillano es el contraste entre las tierras checas y las alemanas, donde dominaba un paisaje imperialista e industrial. Ya en 1929, Chaves Nogales intuía algo que él mismo corroboraría en sus espléndidas crónicas sobre los primeros meses de la Alemania nazi cuatro años después.

   Frente a lo alemán se encontró, al cruzar la frontera, el localismo y el ruralismo de la joven Checoslovaquia, esa república creada por honrados profesores. A nuestro paisano les eran simpáticos estos democráticos y pequeñoburgueses eslavos, pero no ocultaba su escepticismo frente a la ideología en la cual se basaba la nueva república: el nacionalismo checo, de un «irredentismo rencoroso y cerril». No obstante este nacionalismo eslavo se contrapesaba por «las minorías nacionales, que a su vez se contienen unas a otras, dando este feliz resultado de un estado democrático, liberal, culto y europeo, a pesar de que en el fondo no hay más que unos fermentos nacionalistas, unas primitivas e inciviles diferencias étnicas».

 
 
 

Músicos en el puente de Carlos(1)

[Foto: LGV Checoslovaquia 1991]

 
 
 

   El mal del nacionalismo, que destruyó al imperio Habsburgo, estaba en el acervo de las nuevas repúblicas que salieron de las nuevas naciones austro-húngaras.  El autor siempre se declaró contrario al nacionalismo bárbaro, que como un veneno destruiría desde dentro a las nuevas naciones. Aunque aparentemente en Checoslovaquia se respiraba todo lo contrario. Leamos como describía una de las plazas de Praga donde… «una muchedumbre abigarrada de campesinos, provincianos y pequeños comerciantes de todas las razas, checos, eslovacos, alemanes, magyares, ruthenos, judíos y polacos (…) discuten y regatean cada cual en su lengua, todos pobres, todos laboriosos, todos buenos ciudadanos».

   Una imagen que nos recuerda la que vimos en la obrita de Sandor Marai cuando éste describe la vida de una ciudad de provincias, donde bajo el aparente multiculturalismo, como hoy lo llamaríamos, se amasaba el rencor tribal.

   Pero para Chaves Nogales, aun aceptando el trasfondo cerril, Checoslovaquia representaba, de alguna manera, esa herencia integradora y diletante del viejo imperio. Como una especie de mini-imperio-austrohúngaro, la valiente república era todo lo contrario al modelo austroalemán del Anschluss (que llegaría nueve años después). Nuestro autor hace hincapié en que el estado checoslovaco «postulaba la unión económica de todos los pueblos de la antigua monarquía austro-húngara sin daño de su independencia política». Muestra de ello fue la implantación en su sistema educativo (recodemos que fueron profesores los padres de la patria) del plurilinguismo. Los niños estudiaban además del checo, el eslovaco, el alemán y el inglés o el francés.

 
 
 

Músicos en el puente de Carlos(3)

[Foto: LGV Checoslovaquia 1991]

 
 
 

   Diez años después de lo escrito por Chaves Nogales todo esto quedó en nada, en cenizas de la historia, y la amable república de profesores ya no existiría. En sus plazas ya no se respiraría jamás el espíritu imperial y a la vez republicano. En 1939 gobernaría con brutalidad el Reichprotektor de Bohemia y Moravia,  Heinrich Heydrich, el segundo al mando de las SS. Desde el castillo de Praga, el mismo en que vivieron los alquimista del emperador Rodolfo, se impondría otro imperio, el imperio racial e industrial nazi que aplastaría a sangre y fuego a la que Chaves Nogales llamó como «la patria de los trotamundos».

 
 
 

Músicos en el puente de Carlos(6)

[Foto: LGV Checoslovaquia 1991]

 
 
 __________________________________
 
 
 

 
 
 EL ESTANDARTE O EL IMPERIO CONTRAATACA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 1). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [1ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 2). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [2ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 3). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [3ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [4ª PARTE, Y ÚLTIMA]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 5). Por Pablo Romero Gabella

EL BARON BAGGE O EL VÉRTIGO DE SER LOS OTROS. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 6). Por Pablo Romero Gabella

EL ÚLTIMO ENCUENTRO O EL CREPÚSCULO DE LOS ADIOSES. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 7). Por Pablo Romero Gabella

SIEMPRE NOS QUEDARÁ VIENA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 8). Por Pablo Romero Gabella

GEORG TRAKL: LA DECADENCIA DE UN IMPERIO. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 9). Por José Miguel Ridao

«FUGA SIN FIN» O EL JUDÍO ERRANTE. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 10). Por Pablo Romero Gabella

EL VALS INFINITO. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 11). Por Pablo Romero Gabella

«RÉQUIEM ALEMÁN» O ALGO HUELE A PODRIDO EN VIENA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 12). Por Pablo Romero Gabella

LA SAGA DE LOS TROTTA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 13 – 1ª Parte). Por José Miguel Ridao

«EL TENIENTE GUSTL» O LOOR A LA MUERTE Y A LA CARNE. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 14). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

UN PULSO A ESPAÑA (SILVELA, MALLADA, MAEZTU Y AZAÑA). De la serie «APUNTES HISTÓRICOS PARA LA INTERINIDAD POLÍTICA ESPAÑOLA» (V). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

Francisco Silvela y de Le Vielleuze 
(1845-1905)

 
 
 

Siete de enero del año 2020. La interinidad política española ha terminado y con ella estos Apuntes. El sanchismo deja de ser interinidad para pasar a un estadio superior: Gobierno de coalición  PSOE-Unidas Podemos, pero con la espada damocliana que empuña el independentismo vasco-catalán. En este contexto de transfiguración del Monte Tabor por parte del sanchismo progresista-redentor, apareció en el ABC de Sevilla un artículo del Catedrático emérito de Literatura española Rogelio Reyes titulado «Una lección de Historia: el pulso del país» (5 de enero de 2020). En él se refiere al famoso artículo titulado «España sin pulso» escrito por el político conservador Francisco Silvela en el periódico El Tiempo el 16 de agosto de 1898; a esta referencia histórica une la literaria representada por El árbol de la ciencia de Pío Baroja, a la que dedica más atención y de la que extrae varias citas muy pertinentes. Esta es la excusa que me hace volver al texto original de Silvela, al que ya hemos citado en un anterior Apunte histórico[1], para extraer de este texto de un tiempo pasado analogías con el nuestro.

   Francisco Silvela y de Le Vielleuze (1845-1905) fue un político liberal conservador que fue dos veces, por breve tiempo, Presidente del Consejo de Ministros durante la Regencia de María Cristina y los primeros años del reinado de Alfonso XIII.  También sería varias veces ministro de varias carteras, como era común en aquellos años. Le tocó vivir un tiempo muy convulso de nuestra historia marcado por el Desastre del 98, cuyas consecuencias políticas sobrellevó como heredero de Cánovas del Castillo, asesinado por un anarquista en 1897. Aunque político, era también un hombre de ideas, un intelectual podríamos decir, que intentó, a su manera, regenerar el sistema de la Restauración desde dentro. Obviamente fracasó en su empeño y esto le hizo abandonar tempranamente la política en 1903 cuando tenía 48 años. Un hito en su preocupación regeneracionista fue el citado artículo, escrito cuatro días después de la firma del armisticio entre España y EEUU que ponía fin a la Segunda Guerra de Cuba (1895-1898). Silvela escribía bajo la decepción de la derrota y a la vez bajo el estupor de la indiferencia del pueblo español.

   Comenzaba su artículo con una cita bíblica, en concreto el Salmo IV de Isaías: «Varones Ilustres, ¿hasta cuándo seréis de corazón duro? ¿Por qué amáis la vanidad y vais tras la mentira?». El autor continúa con su deseo: «quisiéramos oír esas o parecidas palabras brotando de los labios del pueblo; pero no se oye nada».

   Ante las mentiras del Gobierno de Sagasta y con la anuencia de ambos partidos dinásticos (no fue el caso del PSOE y del republicanismo pimargallista) se fue a una guerra que se sabía perdida y que sólo la sufrieron, hermanados en la desgracia, los hijos de las clases populares y los militares con honra. El resto del país seguía a lo suyo, a sus verbenas, a sus corridas de toros, a sus bares, a su terruño. Mientras, la anomia del pueblo hacía que la mentira gubernamental campara a sus anchas. Ante eso se rebelaba Silvela:

   «Hay que dejar la mentira y desposarse con la verdad; hay que abandonar las vanidades y sujetarse a la realidad, reconstituyendo todos los organismos de la vida nacional sobre los cimentos, modestos, pero firmes, que nuestros medios nos consienten, no sobre las formas huecas de un convencionalismo que, como a nadie engaña, a todos desalienta y burla»

   Las consecuencias, para Silvela, de esta indiferencia del pueblo ante lo que se cocía en las altas instancias era grave:

   «El efecto inevitable del menosprecio de un país respecto de su Poder central es el mismo que en todos los cuerpos vivos produce la anemia y la decadencia cerebral: primero, la atonía, y después, la disgregación y la muerte (…) la misma corrupción y endeblez del avance de las extremidades a los organismos más nobles y preciosos del tronco, y ello vendrá sin remedio si no se reconstituye y dignifica la acción del Estado».

 
 
 

Lucas Mallada y Pueyo
(1841-1921)

 
 
 

   La analogía con la enfermedad es un tema recurrente en la literatura del 98; España como un cuerpo enfermo que no quiere o que no sabe curarse y que marcha a su degeneración o a su muerte como nación. Años antes, en 1890, esta idea la expuso el ingeniero de caminos Lucas Mallada (1841-1921) en su obra Los males de la patria y la futura revolución española.

   Mallada, de ideas republicanas  al igual que su paisano Joaquín Costa, se refería casi en los mismos términos que el político monárquico. Así, hablaba de la “masa inerte” que formaba el conjunto de la sociedad española que se dejaba manejar por los chalaneos de políticos indignos:

   «¿No podemos afirmar, que puede estar seguro el país que los políticos españoles han perdido completamente el buen sentido, el sano juicio y la conciencia de la dignidad y del decoro que sus cargos les imponen? ¿Se divertirían de esa manera en un país más inteligente y más enérgico?»

   Mallada observaba que la política española había degenerado de tal manera que los políticos cambiaban sin pudor ni vergüenza sus convicciones, solo buscando el cargo y sus prebendas. De tal forma decía que:

   «(…) en política a nadie se llama traidor, pues generalmente más traidor sería quien se lo llamase, y de ningún modo maravillan ni sorprenden los equilibrios de titiritero de muchos personajes políticos (…) Muy decadente debe encontrarse un país que concede respetabilidad y decoro a tales hombres, que mal pueden encubrir tanta vanidad y tanta codicia con la gasa sutil y transparente de tantas veleidades».[2]

   Esta situación casa con la que años después expresaría Silvela, que al final de su artículo lanzaba su advertencia para el futuro:

   «Si pronto no se cambia radicalmente de rumbo, el riesgo es infinitamente mayor, por lo mismo que es más hondo y de remedio imposible, si se acude tarde; el riesgo es el total quebranto de los vínculos nacionales y la condenación por nosotros mismos de nuestro destino como pueblo europeo…»

 
 
 

Ramiro de Maeztu y Whitney
(1874-1936)

 
 
 

   Algunos le llamarían seguramente apocalíptico o antipatriota, pero la advertencia era clara, había que fortalecer los vínculos nacionales, hacer posible que gobernantes y gobernados aceptaran la realidad y partiendo de ella intentaran reorientar la situación de la nación.  Pero en el 98 y en la actualidad esta idea se veía lastrada por la fuerza de las banderías políticas, por la aceptación borreguil de los dictados de los respectivos jefes de las mesnadas. En ese mismo año en el que Silvela escribía lo anteriormente expuesto, otro intelectual, Ramiro de Maeztu (1875-1936) hacía referencia a este punto: al partidismo irracional pero que era buscado interesadamente por las élites políticas[3]. Para él, tras el Desastre del 98 :

   «Aquí y allá álzanse grandes grupos de gentes que levantan los puntos y se miran con aire sombrío. Los de la izquierda exclaman: “¡Esos oscurantistas!»; replican los de la derecha: “¡Esos liberales!»

   Es interesante resaltar la paradoja española de  que dentro de la general indiferencia de la sociedad haya grupos ideologizados que se acusan mutuamente de ser los causantes de los males de la nación (o naciones). Esto ocurría entonces, en el 98, y ocurre, por desgracia, en nuestros días. Aunque los epítetos cambien la esencia es la misma.

   Pero Maeztu no pierde la esperanza y afirmaba que había «un grupo diminuto, entre la multitud que vocifera, tiende las manos en símbolo de paz y dice con su actitud:

«No es hora de disputas, sino de dolorosa contrición. ¡Paz para todos! Pensemos, estudiemos, trabajemos unidos y constantes. Ésa es la redención…»

   Y Maeztu se pregunta:

«¿Se impondrá este grupo diminuto a la multitud exasperada? Si triunfan fatalmente en la historia los principios de vida sobre los de la muerte, la victoria de esos pocos no es dudosa».

 
 
 

Manuel Azaña Díaz
(1880-1940)

 
 
 

   Hoy, en enero de 2020, cuando acaba una interinidad política y comienza algo nuevo, más que nunca quiero creer en que al final, desmontadas y demostradas las mentiras de unos y de otros, podamos decir lo mismo que Manuel Azaña (por cierto citado en el último debate de la investidura de Sánchez) expresó en Barcelona el 18 de julio de 1938:

   «A pesar de cuanto se hace para destruirla, España subsiste. España no está dividida en dos zonas delimitadas por la línea de fuego. Donde haya un pensamiento español, que se angustia pensando en el país, allí hay una voluntad que entra en cuenta.»[4]

 
 
 [1] http://revistacarmina.es/?p=41773

[2] El subrayado es mío.

[3] El sí a la vida en España y Europa, Madrid, 1959.

[4] El subrayado vuelve a ser mío.

 
 
 

LA TRAMPA ESLOVENA: LOS DIEZ DÍAS QUE CONMOVIERON AL SECESIONISMO CATALÁN

 
 
 

Estación Central desde el Hotel Beograd
(Foto: LGV Belgrado 1988)

 
 
 

SABIDO, CONOCIDO, PRESENTIDO

 
 
 

Escribió el filósofo alemán F.W.J. Schelling que «lo pasado es sabido, lo presente conocido, lo futuro es presentido». Para el mundo del separatismo catalán, comenzando por el presidente de la Generalidad de Cataluña Joaquim Torra, estos conceptos no parecen estar del todo claros. Presienten algo que creen saber y que apenas conocen. Me estoy refiriendo al modelo que han decidido seguir para lograr la tierra prometida de la independencia, y que no es otro que el modelo esloveno.

   Actualmente  Eslovenia es una pequeña república con apenas 2 millones de habitantes y que desde 2004 pertenece a la UE.  En las guías de viaje se nos la presenta como un país de montañas y valles, apacible, próspero y moderno. Una especie de principado de Zenda que no parece compartir la sangrienta historia de sus antiguos compatriotas yugoslavos de Serbia, Croacia y Bosnia. Sin embargo, Eslovenia fue la primera república de Yugoslavia en independizarse en el verano de 1991 tras una breve guerra de diez días con el Ejército yugoslavo donde murieron menos de 70 personas (44 soldados yugoeslavos y 18 milicianos eslovenos). Si la comparamos con las posteriores guerras de Croacia, Bosnia y Kosovo (1991-1999), donde murieron más de 200.000 personas y donde volvió el horror del genocidio, esta guerrita (que en su época se le llamó «Vídeo Wargame») parece insignificante. Sin embargo, lo que muchos no saben, más allá de ciertos círculos académicos, es su importancia en el desencadenamiento de la brutal destrucción de Yugoslavia. Generalmente se cita como al agente desencadenador dicha destrucción al agresivo nacionalismo serbio de Milosevic (seguido del croata), pero lo que no se conoce es que igual papel jugaría el nacionalismo esloveno. Pocos autores lo han señalado y entre ellos destaca Francisco Veiga, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, que tiene una obra fundamental: La trampa balcánica (Ed. Grijalbo, Barcelona ,2001). En este sentido la analista política Mira Milosevic ha escrito recientemente que «la propuesta eslovena de Torra es un punto sin retorno en la táctica de los separatistas…una llamada a la destrucción del Estado» («El síndrome esloveno de Quim Torra», El Mundo, 12 diciembre de 2018).

 
 
 

Joven yugoslava en el compartimento del tren
[Foto: LGV Yugoslavia 1988]

 
 
 

CARCOMA EN EL MODELO YUGOESLAVO DE TITO

 
 
 

Eslovenia era la república más homogénea étnicamente y más desarrollada económicamente de la República Federativa Socialista de Yugoslavia. Nacida en 1945 tras la victoria de los partisanos comunistas en la Segunda Guerra Mundial, Yugoslavia fue una mixtura entre el bloque occidental y el bloque soviético. Bajo el férreo control de su creador e indiscutible líder, el comunista croata Josef Broz Tito, fue inspiradora del grupo de los países no alineados. Su particular sistema de autogestión socialista supuso su ruptura con Moscú en 1948 y esto le hizo ser un país simpático al bloque capitalista. No obstante, era una dictadura comunista de partido único (la Liga de los Comunistas Yugoslavos) que tenía la originalidad de recoger, en su Constitución de 1974, el derecho de autodeterminación de sus repúblicas federativas: Eslovenia, Serbia, Montenegro, Croacia, Bosnia-Herzegovina y Macedonia. En su seno existían profundas desigualdades económicas, sociales y culturales. Dicha Constitución en vez de atenuarlas las hizo más profundas. Esto se agravó tras la muerte de Tito en 1980. Desaparecido el líder que mantenía la frágil unidad, las diversas elites comunistas de las repúblicas se aprestaron a perpetuar su poder. En palabras del profesor Veiga se formó un  «caciquismo republicano» dentro de un «federalismo caótico». Las oligarquías republicanas se preocuparon más de sí mismas que de salvar el sistema federal. Se asentó el clientelismo y la corrupción. Cada república hizo leyes que estrangularon el comercio interior y con ello el boyante sector privado que era más multiétnico que el propio régimen. Las élites regionales no atendieron a razonamientos económicos: preferían la autarquía a la economía de mercado.

   En gran medida, todo lo anterior potenció la crisis económica que vivió Yugoslavia en los años 80 y que demostraba la inoperancia tanto de su economía mixta como de su régimen federal. La celebración de los Juegos Olímpicos de invierno de Sarajevo en 1984 fue un espejismo. Se llegó a una inflación anual de 10.000%. El desempleo se disparó, las huelgas se sucedieron y con ello la amenaza de bancarrota que hizo que el FMI controlara las finanzas del estado por la exorbitada deuda externa. La respuesta a la crisis económica no fue la unión, sino todo lo contrario: se recurrió a la cada vez más agresiva retórica nacionalista. Los primeros que acudieron a ella no fueron los serbios sino los eslovenos (que recordemos eran los más ricos) con su eslogan de «Yugoslavia nos roba». Esta idea suponía que los recursos de la región más industrializada iban a parar las regiones más pobres, como Serbia, con lo que lastraban su futuro. Para los nacionalistas eslovenos su futuro no era otro que su ingreso en la CEE, y por ello siempre quisieron atraerse las simpatías de los europeos occidentales.

 
 
 

Vestíbulo de la Estación Central de Belgrado
[Foto: LGV 1988]

 
 
 

EL BÁLSAMO NACIONALISTA

 
 
 

El nacionalismo esloveno fue más desarrollista que etnicista, ya que históricamente las relaciones con sus vecinos y especialmente con los serbios, siempre fueron pacíficas. No obstante se impuso un discurso elaborado por intelectuales en los medios de comunicación eslovenos que comenzaron una campaña de ridiculización continua de Yugoslavia y del legado de Tito. Yugoslavia representaba un estado opresor, dictatorial y rapaz que impedía el desarrollo de la nación eslovena que, sin embargo, nunca había formado un estado independiente. Sólo dentro de la república yugoslava disfrutó de autogobierno. Especialmente fue objeto de burlas y menosprecios el Ejército Popular yugoslavo que era la única institución verdaderamente leal con el régimen federal, aunque gran parte de sus mandos eran serbios. Esto llegaría a su cenit cuando colaboradores de la  revista satírica Mladina acabaron siendo juzgados en 1988 por injurias al ejército. Esto provocaría una reacción popular con grandes manifestaciones en apoyo de los libelistas que se llegaría a conocer como la «primavera eslovena». El ambiente les era favorable ya que en esos años algo parecía moverse en el bloque comunista con las medidas reformistas en la vecina Hungría y que anticiparían la caída de dicho bloque un año después.

   En Eslovenia el proceso secesionista parecía imparable. En el verano de 1989 el Parlamento esloveno comenzó una serie de reformas legales, una verdadera revolución jurídica, que suponían la preeminencia de las leyes eslovenas sobre las federales. Toda la clase política eslovena desde  comunistas a liberales  e incluso ecologistas apoyaron estas medidas que tuvieron como colofón la aprobación de la ley de secesión por su Parlamento el 27 de septiembre de 1989. Suponía el paso previo a la declaración unilateral de independencia.

   En un ambiente de entusiasmo patriótico, las élites buscaron su legitimidad en la apelación al «somos un solo pueblo». La solución nacionalista para el profesor Veiga  «era un vehículo muy eficaz: no exigía complejos razonamientos, podía aprovechar las acciones del contrario para realimentar sus pasiones». Casi medio siglo de comunismo estaba siendo desbancado por un nacionalismo que se alimentaba de su némesis: el nacionalismo serbio.  Los primeros historiadores españoles que se acercaron a este tema (por ejemplo, el caso de Carlos Taibo y J.C. Lechado en Los conflictos yugoslavos. Una introducción, 1994) incidieron en la importancia de la «revolución cultural» nacionalista de Milosevic a partir de 1986, cuando se fue haciendo con el control tanto de la república serbia como de la LCY. No obstante Veiga afirma que el nacionalismo esloveno «manifestó un forma menos vociferante y agresiva que el serbio, pero no menos virulento y ambos terminaron entablando un duelo devastador».

  El nacionalismo serbio de Milosevic optó, al contrario que los eslovenos, por continuar con el régimen comunista como mero instrumento de poder, vaciándolo de ideología socialista y llenándolo de ideología nacionalista. Asentado sobre burócratas y militares, Milosevic lanzaría el 28 de junio de 1989 su famoso «Discurso del campo de los mirlos» en Kosovo, hito que para muchos es el comienzo de la guerra civil que destruyó Yugoslavia. Sin embargo, no podemos olvidar que en esos mismos días los eslovenos estaban desmontando parlamentariamente el régimen federal. En el otoño de ese mismo, el 9 de noviembre de 1989, caía el Muro de Berlín y con él comenzaría el desmoronamiento del bloque comunista.

 
 
 

El río Sava desde la muralla
[Foto: LGV Belgrado 1988]

 
 
 

LOS MUROS CAEN, TAMBIÉN LOS ESTADOS

 
 
 

En este contexto de fin de una era,  en Yugoslavia, tras la autodisolución del partido único (LCY), se celebraron elecciones pluripartidistas  en las diferentes repúblicas entre marzo y diciembre de 1990 En ellas las élites comunistas se reconvirtieron sin tapujos en nacionalistas y se pusieron manos a la obra en la senda marcada por los eslovenos:  construir sus propios estados y sus propias fuerzas armadas a partir de sus milicias territoriales que fueron creadas en 1969 en previsión de una posible invasión soviética. En el caso de Eslovenia la Territorialna Odbrana (Defensa Territorial) se armó de forma clandestina y comenzó a organizarse.  Del mismo modo el gobierno nacionalista croata de Tudjman (otro comunista reconvertido en patriota) armaba a su Guardia Nacional. Volviendo al caso que nos ocupa, el poder quedó en una alianza entre el partido vencedor de las elecciones legislativas: DEMOS (una confluencia nacionalista de variadas tendencias políticas) y el nuevo presidente electo, el comunista Milan Kukan.  Bajo el manto de la unidad nacional el 23 de diciembre de 1990 el gobierno esloveno dio un paso irreversible al celebrar un referéndum  donde el 95% de electorado apoyó la independencia.  Con ello fracasaba el proyecto de mantener unida Yugoslavia por parte del reformista  Ante Markovic, su último presidente federal y el único político no nacionalista  que defendió sinceramente la federación.  Junto a él sólo los presidentes de Bosnia y Macedonia (las repúblicas más heterogéneas étnicamente y potencialmente más conflictivas) intentaron en vano mantener la unidad. Sus llamamientos fueron inútiles porque croatas, eslovenios y serbios ya tenían otros planes. Los dos primeros ya actuaban de forma coordinada cuando en junio de 1991 sus presidentes Kukan y Tudjman decidieron sus respectivas independencias, aunque formalmente presentaron un farisaico proyecto de nueva confederación que sabían que iba a ser rechazado. Los serbios por su parte, contaban con el control de las fuerzas policiales y militares federales y se preparaban para defender a los serbios que vivían en Bosnia y, sobre todo, en Croacia.  Con ello se abrían de nuevo las viejas heridas de la Segunda Guerra mundial entre partisanos serbios y ustachas fascistas croatas.

 
 
 

Hombre del andén sentado 
[Foto: LGV Belgrado 1988]

 
 
 

DIEZ DÍAS QUE CONMOVIERON A…

 
 
 

El 25 de junio de 1991 Eslovenia y Croacia proclamaron su independencia tal como lo habían pactado un año antes. La respuesta del Gobierno federal fue mandar sus blindados a la frontera con Eslovenia (pasando por  Croacia). Pero iban sin una estrategia definida y sus mandos, infiltrados por oficiales serbios, mandaron al matadero a sus reclutas que hacían la mili frente a los preparados milicianos eslovenos. Las imágenes de los cuerpos calcinados de los jóvenes soldados en sus vehículos coparon las pantallas de la televisión de todo el mundo. Ahora todos conocíamos con horror una realidad que no sabíamos pero  que llevaba años larvándose. Los eslovenos «ganaron la batalla de la imagen, pues aparecieron como el heroico David enfrentado con el Goliat serbio» (J. Álvarez Junco, «El modelo esloveno», El País, 11 diciembre de 2018). La televisión eslovena, utilizando también las imágenes de los tanques soviéticos en la Praga de 1968, presentaba al mundo a los serbios como la potencia agresora y defensora de un comunismo que se hundía en Europa. Pero la realidad no era exactamente así. Antes de la intervención del ejército federal, Milosevic había pactado con Kukan la independencia eslovena, demostrando que ya no creía en la Yugoslavia de Tito y que su Yugoslavia era bien distinta: la Gran Serbia que se aprestaba a aplastar a sus seculares enemigos croatas. Por otro lado, tampoco fue públicamente conocida la consulta que hizo el alto mando del ejército federal a Moscú antes de la intervención militar. La respuesta fue que la URSS  no movería un dedo por defender a sus hermanos socialistas tal como hicieron con la RDA tras la caída del Muro. Gorbachov no estaba dispuesto a contrariar el clima de entendimiento con los EEUU e incluso les advirtió que si había una guerra las potencias occidentales podrían intervenir militarmente como habían hecho contra el Irak de Sadam Hussein meses antes (Primera Guerra del Golfo, agosto 1990-febrero 1991). El contexto internacional del final de la Guerra Fría era favorable al modelo esloveno. La guerra de los diez días fue «una guerra planeada para ser perdida», dijo un analista militar.

   Esos diez días de mini-guerra que siguen conmoviendo a los independentistas catalanes, fueron modélicos para las posteriores guerras en Croacia, Bosnia y Kosovo. Todas ellas tuvieron algo en común: la implicación de los occidentales, lo que el profesor Veiga ha conceptuado como «la trampa balcánica». Los líderes eslovenos planearon un ambiente de tensión bélica que obligó a los europeos (especialmente a sus vecinos alemanes y austríacos, sus históricos aliados) a apoyarles en su deseos independentistas para así evitar una guerra en su patio trasero. En el planteamiento del modelo esloveno destacaron como ideólogos los ministros de Defensa e Interior  Janez Jansa e Igor Baucar. El primero era un intelectual que participó en la revista satírica Mladina y que pasó del pacifismo al militarismo; el segundo fue un izquierdista radical seguidor de las Brigadas Rojas italianas. Un hecho significativo fue que la primera víctima de la guerra fuera el piloto (que casualmente era esloveno) de un helicóptero del ejército federal (desarmado) abatido por la DT eslovena cuando sobrevolaba la capital, Ljubljana. Sin embargo el relato de la agresión serbia fue el que quedó marcado con éxito en la opinión pública occidental.

 
 
 

Triángulo taurómaco
[Foto: LGV Sevilla 2003]

 
 
 

¿ESAS «CHUNGAS MOVIDAS DE CROATAS Y SERBIOS»?

 
 
 

El 7 de julio de 1991 en la isla croata de Brioni se firmaron los acuerdos, auspiciados por las potencias occidentales, entre Eslovenia y lo que quedaba de Yugoslavia y que supuso de facto el nacimiento como estado de la primera y la muerte de la segunda. A los eslovenos se les pidió que suspendieran su independencia por tres meses para seguir negociando, pero no a desistir de su objetivo final. Humillado  el ejército federal y dejado en manos de los serbios, los dirigentes eslovenos hicieron lo que quisieron y  poco después lograrían el reconocimiento oficial de algunos países occidentales encabezados por Alemania. El 15 de enero de 1992, mientras Sevilla y Barcelona se preparaban para la Expo y las Olimpiadas, Eslovenia fue reconocido como estado independiente por la CEE. El 22 de mayo se incorporó como miembro de la ONU. En medio de ese proceso, en agosto de 1991, desaparecía también la URSS. Mientras, ya se mataban salvajemente serbios y croatas a los que unirían más tarde los bosnios, y en 1999 los albano kosovares. La mecha prendida en Ljbljana y Belgrado años antes había estallado con la connivencia de un mundo que vivía el final de la Guerra Fría.[1]

   En aquellos diez días del verano de 1991 se produjo la tormenta perfecta que presentó  a los eslovenos como pacíficos y europeos frente a los salvajes y orientales serbios. Meses más tarde, Sabina cantaba aquello de «esas chungas movidas de croatas y serbios».

 
 
 

Arrastrado el toro muerto
[Foto: LGV Sevilla 2003]

 
 
 

DOBLE CODA FINAL

 
 
 

Sobre este tema existe una tesis de Carlos González Villa titulada Un nuevo estado para un nuevo orden mundial: una (re)lectura del proceso soberanista esloveno. Fue defendida en 2014 en la ya famosa Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid, siendo uno de sus directores el profesor Francisco Veiga. A petición del autor fue retirada del acceso libre por internet el 15 de enero de 2015 y solo está disponible para personal autorizado.[2]

  Ese mismo año de 2015 los partidos y entidades independentistas catalanas redactaron el documento Enfo CATs: Reenfocant el procés d’independència per un resultat exitós. En dicho documento se establecía la hoja de ruta para el subsiguiente proceso de independencia. Éste reconocía que era necesario algo que ya sabemos: «generar conflicto y desconexión forzosa»[3]. Este documento intervenido por orden del Juzgado de Instrucción Central nº 3, a cargo del magistrado Pablo Llanera, el 20 de septiembre de 2017, fue incorporado al Auto de la Causa Especial 20907/2017 del 4 de diciembre de 2017.[4]

 
 
 [1] Sobre la desintegración de Yugoslavia sigue siendo imprescindible el documental de la BBC La muerte de Yugoslavia (1996). Accesible en Youtube: https://www.youtube.com/watch?v=m_mH9cOf07I&list=PLjqHlcDc20koaGSL-_g6UIzqfUsLg6Moc

[2] https://eprints.ucm.es/29467/

[3] El País, 12 de octubre de 2017. https://elpais.com/politica/2017/10/09/actualidad/1507569660_552707.html

[4] Auto completo en:  https://e00-elmundo.uecdn.es/documentos/2017/12/04/llarena.pdf

 
 
 

GENEAOLOGÍA DEL SER PROGRESISTA ESPAÑOL. De la serie «APUNTES HISTÓRICOS PARA LA INTERINIDAD POLÍTICA ESPAÑOLA» (IV). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 
el abrazo (Foto Cañas)

El abrazo de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias
[Foto: Cañas 2019]

 
 
 

PUNTO DE PARTIDA: EL ABRAZO PROGRESISTA

 

El martes 12 de noviembre de 2019, dos días después de las elecciones generales, la historia de la actual interinidad política española pareció dar un vuelco tras meses de estancamiento. El líder del PSOE y vencedor de las elecciones, Pedro Sánchez, y el de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, firmaban un preacuerdo para formar gobierno aunque no contaran con la mayoría suficiente de diputados. Y no fue solo un pacto firmado, sino también abrazado ya que lo rubricaron con un abrazo, un abrazo progresista. Parecía comenzar una nueva era política según se desprendía de las palabras del presidente en funciones:

   «España tendrá un Gobierno progresista porque las dos fuerzas que lo componen son progresistas: el PSOE y Unidas Podemos. Y en España se llevará a cabo una política progresista porque el Gobierno será progresista».

   Por si no quedaba claro: España será progresista.

   La importancia de llamarse progresista es el reverso beatífico de la importancia de llamar al contrario fascista [1].  Pero ¿qué es ser progresista? Parece fácil en principio. Según la RAE en su primera acepción: «de ideas y actitudes avanzadas». ¿Y qué es una actitud «avanzada»? Para muchos y muchas, esto quiere decir de ideas y actitudes de izquierda. Por tanto, ¿ser progresista es ser de izquierdas? Demasiadas preguntas quizás. Veamos la tercera acepción de este término que nos da la RAE: «dicho de un liberal español: del sector más radical de liberalismo, que se constituyó en partido político». Dicho así, ¿ser progresista es una forma de ser liberal? ¿y ser liberal es ser de izquierdas? De nuevo más preguntas. Lo mejor será que vayamos al origen del término, al origen de partido radical del liberalismo.

 
 
 

Picture 011

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias  
(1806-1878)
Vicente López Portaña
(1772-1850)
[Museo del Prado]

 
 
 

LA PRIMERA TRANSICIÓN POLÍTICA ESPAÑOLA

 

El término progresista en la política española apareció durante otra gran interinidad: la Regencia de María Cristina de Borbón (1833-1840). En ese trascendental período histórico se pasó jurídicamente del absolutismo al régimen liberal y constitucional, no sin problemas y con una guerra civil por medio: la primera guerra carlista. Fue en esa época cuando se desarrolló el liberalismo en España [2], que había nacido en las Cortes de Cádiz de 1812. Hasta la Regencia de María Cristina, madre de la reina niña Isabel, el liberalismo se había mantenido más o menos unido frente a los absolutistas reaccionarios. Obviamente existían tendencias dentro de la familia liberal debido a las diferentes maneras de entender  cómo pasar de un régimen absolutista a un régimen liberal-constitucional. Esto se evidenció en el Trienio Liberal (1820-1823), efímera experiencia liberal dentro del reinado de Fernando VII. Aquí ya vemos la existencia de dos tendencias: la moderada defensora de cambios paulatinos y reformistas  y la exaltada que predicaba la ruptura con el Antiguo Régimen. Sí, habrán advertido los paralelismos con la Transición postfranquista, madre de todos los males o de todas las bonanzas actuales. La cesura entre ambas tendencias fue creciendo cuando la Regente los llamaría al poder a la muerte del «rey felón», ya que los necesitaba para ganarle la guerra a Don Carlos, su cuñado ultramontano. Primero llamó a los moderados con Martínez de la Rosa al frente que dio el primer paso con el Estatuto Real (1834), una semi-constitución o Carta Otorgada para ser más precisos. Sin embargo, la otra sensibilidad liberal, la exaltada, vio este cambio insuficiente y acusó a los moderados de «pasteleros» al negociar con nobles y eclesiásticos, los privilegiados del Antiguo Régimen, una hoja de ruta hacia la monarquía constitucional alejada de los principios del verdadero liberalismo que se basaba en la sacrosanta soberanía nacional.

   Así las cosas, en septiembre de 1835 se produjo una sublevación de los liberales exaltados por todo el país,  que contando con importantes apoyos en las clases populares urbanas, organizaron juntas revolucionarias. Estos organismos insurreccionales, que luego serían tan queridos por los progresistas, presionaron de tal modo a la Regente que ésta se vio impelida a nombrar un nuevo gobierno liderado por Juan Álvarez Mendizábal. Y es aquí donde de verdad comienza nuestra historia.

 
 
 
Juan_Álvarez_Mendizábal

Juan Álvarez Mendizábal
(1790-1853)
Grabado según dibujo de José Balaca
(1810-1869)
(Biblioteca Nacional de España)

 
 
 

MENDIZÁBAL Y EL MOVIMIENTO NACIONAL

 

Juan de Dios Álvarez Méndez (1790-1853) provenía de una familia de comerciantes gaditanos de origen judío, por esto último se cambió su apellido por el de Mendizábal para darle una patina de cristiano viejo vasco. Durante la Guerra de la Independencia y comienzos del reinado de Fernando VII se dedicó a negocios mercantiles y financieros exitosos que le llevaron a relacionarse con la élite liberal. Con la vuelta del absolutismo en 1823 se exilió en Londres, donde gracias a sus contactos mercantiles,  se hizo un floreciente businessman. Esto hizo acrecentar su compromiso político con el liberalismo y acentuó su papel como conspirador que le llevaría a financiar al bando liberal en la guerra civil portuguesa. El éxito financiero y político en Portugal le llevaría a ser llamado como Ministro de Hacienda en el gobierno de los moderados, cargo que no llegaría a ejercer de forma plena. Tras la insurrección de las juntas, fue llamado a liderar un nuevo gobierno liberal. En un principio no llegaba como líder de la tendencia exaltada, sino como el hombre de compromiso entre las familias liberales que consiguiera formar un gobierno fuerte, asentar la nueva monarquía constitucional y ganar la guerra a los carlistas.

   Una vez en el poder Mendizábal comenzó a ganarse adeptos de la tendencia defensora del movimiento o progreso frente a los sectores más conservadores que vieron en su idea de crear un gobierno fuerte  un intento de concentrar todo el poder en sus manos. Sus proyectos de desamortización eclesiástica definitivamente supusieron la división del liberalismo y su abierta apuesta por medidas rupturistas. Reabrió el pseudoparlamento del Estatuto Real y luego, a principios de 1836, lo cerró para convocar elecciones en febrero de ese año. Es entonces, en ese momento, cuando nació el calificativo de progresista.

 
 
 

ELECCIONES, PARTIDISMO Y EMPLEOMANÍA

 

   La convocatoria de elecciones hizo que las familias liberales tomaran partido, nunca mejor dicho, pasando de ser «partidos de opinión» a ser «partidos electorales». En esto los progresistas tomaron la iniciativa. Mendizábal, demostrando su experiencia como hombre de negocios, vio en la naciente prensa política un instrumento fundamental para su propaganda. Así contaría con el apoyo de El Eco del Comercio,  La Revista española o El Español como sus valedores ante el exiguo cuerpo electoral con derecho al voto según lo establecido por el Estatuto Real.  Con la cámara legislativa cerrada (Estamento de los procuradores) dictaría su famoso decreto de desamortización eclesiástica lo que haría ganarse definitivamente la animadversión de aristócratas, liberales moderados, eclesiásticos y por último, la propia Regente. Pero no había vuelta atrás, para Mendizábal era necesario un poder liberal fuerte bien financiado (de nuevo el hombre de negocios) para acabar con la guerra contra los facciosos reaccionarios que se atrincheraban en la zonas rurales de Navarra, País Vasco y Cataluña.

   A partir de enero-febrero de 1836 comenzó a aparecer abiertamente en la prensa adicta al gobierno el término “progresista” para definir a los que apoyaban al jefe del consejo de ministros. Comenzaba también una polarización de la vida diaria que la prensa reflejaba. Por ejemplo El Eco del Comercio (20 de febrero de 1836) al referir a los nombres de los 12 representares por Madrid como electores para el Estamento de Procuradores decía que:

   «Nos complacemos en ver que la mayoría de los electores tienen ideas de progreso, porque este nos anuncia que serán también progresivos los procuradores que elijan»

   Había nacido el término político progresista en España, aunque no fue aceptado como nombre oficial del partido hasta 1839 con Olózaga. En el verano de 1836 el mencionado periódico se refería a Mendizábal como «un hombre honrado que vds. suponen simboliza un partido político progresista» (29 de julio de 1836).

   La campaña de opinión se vio acompañada desde el Gobierno con el nombramiento de nuevos empleados públicos afines a sus intereses y que daría lugar a la polémica de la llamada «empleomanía» que tanto recorrido histórico tendría en el siglo XIX español. Véase para ello la novela de Galdós Miau (1888).

   Los términos «mendizabalista» y «progresista» se consideraron como sinónimos queriendo representar al verdadero liberalismo nacido en Cádiz. Quedaban excluidos los liberales moderados que se les situaba en el campo de la reacción, de los que se oponían al «progreso» o al «movimiento» hacia la verdadera monarquía constitucional basada en la soberanía nacional del pueblo español. El periódico El Español (que no fue siempre «mendizabalista») criticaría esto al manifestar que:

   «Cuando un partido llega a creer a su favor la presunción de que tiene la razón, pronto se hace dueño de la sociedad y la conduce donde quiere» (8 de febrero de 1836).

   Las elecciones organizadas por el Gobierno dieron como resultado una victoria indiscutible de sus candidatos lo que provocaría acusaciones de manipulación electoral por parte de sus contrarios. Comenzaba el partidismo. Un año después, ese mismo periódico recordaba aquellos días de la siguiente manera:

   «Dos partidos débiles, porque poderosos ya no los hay, pero firmes y enconados, sostenían poco hace encontrados principios en presencia de las urnas electorales. Mutuamente acusabánse se ineptitud e hipocresía, y tal vez en cuanto a partidarios a ninguno faltaba razón…» (22 de agosto de 1837).

 
 
 

Espartero

Joaquín Baldomero Fernández-Espartero Álvarez de Toro
(1783-1879)
José Casado del Alisal
(1832-1886)
(Palacio de las Cortes)

 
 
 

REBELIÓN EN LA GRANJA Y UNA NUEVA CONSTITUCIÓN DE CONSENSO

 

El gobierno de Mendizábal se centró en aunar esfuerzos para la derrota de los carlistas y en desarrollar la desamortización eclesiástica a la que unió la supresión de las instituciones del clero regular. Estas medias chocaron con la Reina y los elementos conservadores (que aún no constituían partido alguno) pero a la vez, y es curioso, con el ala izquierda del progresismo que veía sus medidas insuficientes. Así las cosas, en mayo de 1836 la Regente, haciendo uso de sus prerrogativas reales y legales, hizo caer a Mendizábal y nombró un nuevo gobierno presidido por  Francisco Javier Istúriz, un ex liberal exaltado que había sido colaborador del cesado y que también provenía de la burguesía gaditana. Para legitimar su poder convocó elecciones en julio de 1836, que, como ya era costumbre, ganarían los gubernamentales. En estas elecciones se organizaría por  vez primera el partido liberal contrario a los progresistas: el moderado o monárquico-constitucional.

   Sin embargo, Mendizábal y los progresistas no aceptaron el estado de cosas y organizaron una nueva insurrección en agosto de 1836 que tuvo como momento estelar la sublevación de los sargentos de la Guardia Real en el Palacio de verano de La Granja, donde pasaba esos días la familia real.  La Regente volvió a llamar a los progresistas y se formó un gobierno liderado por el viejo liberal José María Calatrava y que tenía como ministro de Hacienda a Mendizábal. Aunque se siguió con la desamortización de los bienes de la Iglesia (llamados «bienes nacionales») se produjo un cambio en los progresistas. Éste consistió en un acercamiento a los moderados para estabilizar a la monarquía en unos momentos complicados en la guerra carlista. Dentro del progresismo tuvieron mayor predicamento políticos conciliadores como Agustín de Argüelles o Salustiano Olózaga. Fruto de ello sería la Constitución de 1837, una ley fundamental que pretendía un consenso liberal, a partir de la reforma de la de 1812. De esta forma lo expresaba el periódico El Español:

   «…todos los partidos (…) y toda la opinión liberal unánime y francamente acepta la Constitución como bandera común» (22-8-1837).

   En realidad, no eran tantas las diferencias con el partido moderado, ya que ambos eran partidos de notables, de burgueses y aristócratas. Ambos defendieron el sufragio censitario y rechazaban la democracia, a pesar de que los progresistas siempre apelaban al pueblo y las clases populares, pero nunca postularon el sufragio universal,  a lo sumo a la ampliación del censo de electores.

   Los progresistas constitucionales defendieron desde entonces que no representaban la agitación ni la anarquía, sino que se declaraban firmes defensores de la monarquía, la Constitución y la soberanía nacional. Como ejemplo tenemos  un manifiesto de los progresistas de Barcelona de 1839 que decía lo siguiente:

   «…el progreso se reduce al cumplimiento estricto de la ley, a las reformas que disminuyan los pagos, y  a la igualdad legal, pone freno al orgullo y sinrazón de los que aspiran a dominar por la sangre o las riquezas, cuyo toda forma lo que llamamos libertad.»

   Frente al progresista bullangero y de barricada, los de Barcelona decían que «el progresista discute con la entereza de una convicción robusta, sin apelar más que a razones y que su sistema práctico es observar religiosamente la Constitución sin intentar ni pensar nada que pueda alarmar la seguridad individual y la propiedad».

   Estas palabras las recogía el antaño «muy progresista» Eco del comercio, en su número de 30 de diciembre de 1839.  Este progresismo conciliador, liberal y defensor del orden legal, sin embargo acabó al año siguiente cuando, tras la presentación por parte del gobierno moderado de una ley municipal que consideraban “reaccionaria”, se produjo otra sublevación que supuso la llegada al poder de su nuevo líder: el general Espartero. Con ello no solo terminaba esta fase «conciliadora» sino que también terminaba la Regencia de María Cristina, pero no la interinidad política. Para el historiador Jorge Vilches esto demostraba que «el progresismo se aprovechaba de los movimientos violentos de aquella facción para ejercer más presión sobre el adversario político y la Corona, con el objetivo de alcanzar y monopolizar el poder» [3]

 
 
 

Juan-Prim-atentado-1871

Asesinato de Juan Prim y Prats la noche del 27 de diciembre de 1870
Fernando Miranda
(Dibujante e ilustrador, siglo XIX)
La ilustración española y americana
5 de enero de 1871
pag.17

 
 
 

CODA PARADÓJICA

 
 
 

El progresismo gobernó España durante la Regencia de Espartero (1840-1843) y volvió efímeramente con el mismo general en el Bienio Progresista (1854-1856) tras la «revolución de julio». Otra revolución, la «Gloriosa» de 1868, les encumbró al poder tras destronar a la reina Isabel II, a la que tanto defendieron en su minoría de edad, hasta que su líder, el general Juan Prim y Prats, fue asesinado en diciembre de 1870. A partir de ahí, el partido se dividió en facciones personalistas que fueron recogidas en el seno del Partido Liberal-Fusionista de Sagasta en la Restauración (1875-1931). El fin del turno pacífico con los conservadores de Cánovas, le llevó a su definitiva desaparición cuando cayó Alfonso XIII. Durante la II República el término «progresista» sólo lo mantuvo el Partido Republicano Progresista de Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura que antes se llamó Derecha Liberal Republicana.

 

 

 

 

 

[1] Esta idea ya la hemos tratado en la revista «CARMINA»  con la entrada de «La importancia de llamarlo fascismo»: http://revistacarmina.es/?p=41095

[2]Sobre este período fundamental de nuestra historia contamos con una interesantísima monografía de Vladimiro Adame de Heu: Sobre los orígenes del liberalismo histórico consolidado en España (1835-1840), Sevilla, 1997.

[3] Jorge Vilches, Progreso y libertad. El partido progresista en la revolución liberal española, Madrid, 2001, pág. 28.
 
 
 

¿TODOS CORRUPTOS? De la serie «APUNTES HISTÓRICOS PARA LA INTERINIDAD POLÍTICA ESPAÑOLA» (III). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 
Alejandro_Lerroux_García

Alejandro Lerroux Garcia
(1864-1949)

 
 
 

La interinidad política del sanchismo comenzó el 1 de junio de 2018 cuando triunfó la moción de censura contra el Presidente del Gobierno Mariano Rajoy. El motivo:  la Sentencia 20/2018  de la Sala Penal de la Audiencia Nacional sobre el caso Gürtel de 24 de mayo de 2018. En dicha sentencia (página 1078) se decía que Rajoy (junto a otros políticos del PP) carecía de «credibilidad» al negar la existencia de la famosa caja B, con B de Bárcenas.

   Cinco años antes, concretamente el 6 de febrero de 2013, envié un articulo al periódico La Voz de Alcalá (que fue publicado en la segunda quincena de febrero, creo) titulado «El estraperlo de Rajoy». En éste me refería al problema que la corrupción le podría suponer al por entonces  presidente del Gobierno y por extensión a su propio partido. Luego llegaría Vox.

   Reproducimos íntegro el citado artículo:

 

   En el debate de investidura como presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en respuesta a la diputada Rosa Díez, afirmó ufano entre aplausos de los suyos que «no acepto  de ninguna de las maneras que se diga que hay una corrupción generalizada en la política (…) en absoluto voy a aceptar ese tipo de afirmaciones porque no son verdad». Esto ocurría el 19 de diciembre de 2011; un año después los hechos parecen desmentir sus palabras: el caso Blanco, los ERES, Urdangarin, las corruptelas de los nacionalistas catalanes, el caso Gürtel  y por último (por ahora) los supuestos sobresueldos a políticos del PP que ensucian la imagen de honestidad del presidente del gobierno. Un gobierno que salió de las urnas con el propósito de sacar a España de la peor crisis económica de una democracia con 6 millones de parados. Un gobierno que pide día sí y día no esfuerzos a una población cada día más empobrecida y desmoralizada. Si ya la confianza de la ciudadanía en sus políticos estaba bajo mínimos, esto parece darle la puntilla. Porque la base de la democracia no es otra que la confianza que los ciudadanos han dado a sus representantes de forma provisional. Como bien dice el filósofo Javier Gomá  en su obra  Ejemplariedad pública (de obligada lectura para todos, especialmente para los políticos): «La confianza no se compra, no se impone, no se fabrica: la confianza se inspira». Y es que este gobierno ya no inspira confianza, porque como dice el mencionado filósofo lo que cuenta en el político «es que predique con el ejemplo, puesto que en el ámbito moral, sólo el ejemplo, predica, de modo convincente, no las promesas ni los discursos, los cuales sin el ejemplo, carecen de convicción y aún un mínimo de verdad». Es desalentador escuchar al presidente, ante Angela Merkel en Berlín , decir que “«lo referido a mí y mis compañeros no es cierto. Sólo algunas cosas». Aunque los papeles de Bárcenas, ese Moriarty de la contabilidad negra, fueran  apócrifos la confianza en los políticos, y en concreto en este gobierno, ha caído por los suelos. La idea que se han hecho en el PP de ser un partido honesto, liderados por profesionales bien remunerados en la esfera privada y que actúan por servicio a la nación se ha desdibujado. Su respuesta ante el escándalo ha roto definitivamente la imagen de pijos-pero-honestos. Parece demostrarse que no son ni lo uno ni lo otro, porque no puede ser nada más chusco y cutre que la visión de una contabilidad de usurero con manguitos y dedos manchados de tinta y de unos sobres que van de mano en mano. Realmente patético. Y es que se me viene a la memoria otro caso patético y cutril, la del estraperlo en la II República. En 1935 un negociante holandés llamado Strauss intentó introducir en España, donde estaba prohibido el juego, una especie de ruleta: el «straperlo» (que provenía de los nombres de sus inventores: Strauss y Perl). Para ello inició gestiones para untar a diversos políticos de todos los colores, incluyendo a personalidades del partido gobernante: el PRR (Partido Republicano Radical) liderado por el viejo republicano Alejando Lerroux.  Al fracasar, intentó hacerle chantaje y como tampoco dio resultado pasó a enviar una carta de denuncia al principal enemigo político de Lerroux:  el presidente de la República Alcalá de Zamora. Este no dudo en pasarlo a la Fiscalía y promover una Comisión de investigación en las Cortes que juzgara la posible corrupción. En octubre de 1935 se filtraron a la prensa fotocopias de documentos, telegramas, recibos, cheques y facturas que apuntaban al pago de sobornos a los líderes del PRR. Antes que esto ocurriera (ojo al dato) Lerroux había abandonado su cargo como presidente (luego también lo haría como ministro de Estado del siguiente gobierno). Tras agrios debates Lerroux resultó exonerado de culpa y solo quedo como posible «coecho impropio» un reloj de pulsera regalado al ministro de Gobernación. Todo este escándalo provocó el fin del PRR como partido, para muchos historiadores el único partido de centro-derecha realmente republicano y democrático. Su puesto sería ocupado por la CEDA de Gil Robles, una formación reaccionaria y autoritaria. Lo que ocurriría a partir de las elecciones de febrero de 1936 lo conocemos todos. En estos momentos críticos no necesitamos políticos que defiendan antes a su partido (tanto para defenderse de la acusación de corruptos como para atacar de forma irresponsable al contrario) que a España,  ya que fuera de la democracia y sus reglas no queda nada, bueno sí queda algo y lo sabemos. ¿Queremos realmente eso? Terminemos como comenzamos, con las palabras de Rajoy en aquel  debate de investidura: “la clase política representa a la soberanía nacional, hay gente que no da la talla”. Pues eso.

 
 
 

«ESPAÑOLES ANTE TODO».  BESTEIRO Y EL PSOE. De la serie «APUNTES HISTÓRICOS PARA LA INTERINIDAD POLÍTICA ESPAÑOLA» (II). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

   El texto que sigue se publicó en un digital local [1] tras las elecciones del 20 de diciembre de 2015, a los comienzos de lo que llamamos aquí interinidad política. Sin embargo, creo que, tras elecciones del 10 de noviembre de 2019, sigue siendo útil en la actual situación.

 
 
 

Julián_Besteiro

Julián Besteiro
(1870-1940)

 
 
 

En el  histórico Mensaje de Navidad de 2015, S.M. el Rey  Felipe VI comenzaba refiriéndose a la Historia «porque nos ayuda a entender nuestro presente y orientar nuestro futuro y nos permite también apreciar nuestros aciertos y nuestros errores».  En el acertar o en el errar en el convulso panorama político, resultante de las históricas elecciones generales del 20D, nos jugamos mucho.  En estos momentos algo es evidente en todos los niveles políticos. (…) Esta evidencia de la que hablamos no es otra que la necesidad de pactos, de acuerdos que supongan la preeminencia de los intereses generales sobre los particulares (tanto territoriales como partidistas). Volviendo al Mensaje del Rey: «porque ahora lo que nos debe importar a todos, ante todo, es España y el interés general de los españoles».

   Esta idea es especialmente importante para un partido político que la evolución electoral  lo ha hecho situarse (puede que sin quererlo) en el centro político. Me refiero al PSOE que al ser superado por su izquierda por Podemos y todos sus satélites, tiene (por mor de la matemática electoral) una posición de centralidad. La disyuntiva a la que se enfrenta el candidato socialista a la Presidencia al Gobierno, Pedro Sánchez, es también histórica (¡otra vez!): pactar con Podemos, pactar con el PP o ir a nuevas elecciones.

   El PSOE  ha vivido situaciones parecidas o incluso peores a lo largo de su ya más que centenaria historia. Una de ellas llevó a decir las siguientes palabras inspiradas por uno de sus líderes históricos:

   «Pues bien: recalquemos en la actual emergencia trágica que para nosotros, los afiliados al PSOE vale la última de estas cuatro letras tanto como las dos que la anteceden. Y aún más: si precisara sobreponer un matiz a los otros dos, nos afirmaríamos hoy españoles antes que nada, porque vemos con claridad aterradora, a la luz del incendio en que arde nuestra patria, que tan sólo por la reafirmación  y consolidación de la hispanidad podemos aspirar a instaurar algún día un régimen socialista sobre la base de una España independiente.»

   Estas líneas proceden del editorial titulado «Ni Roma ni Moscú. Españoles antes que nada» de El Socialista del 10 de marzo de 1939, y se deben a Julián Besteiro (1870-1940). Considerado una de las máximas figuras del socialismo españo. Fue catedrático de Lógica, además de presidente del PSOE, de la UGT y de las Cortes Constituyentes de la II República. (…) Fue un político más admirado por sus adversarios que por muchos de sus compañeros de partido, comenzando por Largo Caballero, el Lenin español. El monárquico ABC  «alabó su rectitud, su ecuanimidad, su palabra cálida, su ciencia y esa inclinación romántica que he hacía defender, sin dejarse llevar por la ira…, una justicia social más humana» (15 de julio de 1931).

   Palabras estas que en la España actual pueden chocarnos tanto por el elogio del contrario como por la defensa de España por parte de los socialistas. Palabras estas que muchos socialistas podrían suscribir y otros execrar por su «exaltación patriota y patriotera», en palabras del historiador Ángel Viñas.

   Sin embargo, tenemos que decir que estas palabras escritas o inspiradas por Besteiro llegaron tarde y mal; tarde porque la guerra estaba ya perdida y mal porque supusieron la legitimación del golpe de Estado que el 5 de marzo de 1939 ejecutó el coronel Casado y los mandos militares, con el apoyo de los anarquistas y de un sector del PSOE, contra el legítimo gobierno de Negrín (también del PSOE) y que sería el último de la II República. Para muchos, Besteiro acabó siendo un traidor a la República al facilitar la victoria de Franco debido a su odio contra el comunismo, al que acusaba de haber llevado a la República a la derrota por convertirla en una marioneta de la URSS. (…) Murió en la cárcel de Carmona, a los 70 años, enfermo y tras realizar duros trabajos físicos para su edad que incluían limpiar las letrinas. En su alegato ante el consejo de guerra dijo que no huyó del país (como la mayoría de los líderes republicanos) al tener «el convencimiento de que me podría presentar ante los jueces más severos con la frente alta y la conciencia tranquila».

   Nuestra historia, nuestra «Mari Clío», como decía el gran Galdós, nos ofrece, como ya hemos dicho, aciertos y errores. Uno de estos  últimos es el partidismo, que sobrepone los intereses particulares sobre los intereses de la Nación, o lo que es lo mismo, sobre el conjunto de ciudadanos libres e iguales en derechos y obligaciones. El partidismo excluyente trata  al adversario político como al enemigo que debe ser aniquilado del cuerpo social. Por tanto,  en lo posible aprendamos de todos nuestros errores y aciertos históricos. Y hagámoslo todos, gobernados y gobernantes, y antes de tomar cualquier decisión importante para la Nación,  pensemos que no lo hagamos ni tarde ni mal.

 
 
 
[1] http://www.guadairainformacion.com/opinion/3898/ante-todo-espanoles-pablo-romero-gabella.
 
 
 

LA UNIÓN NACIONAL Y EL FRACASO ENDÉMICO DEL CENTRO. De la serie «APUNTES HISTÓRICOS PARA LA INTERINIDAD POLÍTICA ESPAÑOLA» (I). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 
LA UNIÓN NACIONAL

Caricatura de Basilio Paraíso (1949-1930) y Joaquín Costa (1846-1911)
[1900]

 
 
 

¿EL CENTRO HA MUERTO?

 

«¡Cuántas espinas de cuidados ha de rodearos, Señor, si habéis de mantener vuestros Estados en justicia, en paz y en abundancia!». Así advertía el historiador Ildefonso Antonio Bermejo al joven rey Alfonso XII en el comienzo del tomo primero de su Historia de la interinidad y guerra civil de España desde 1868 (Madrid, 1875). Esto mismo se los podríamos decir a Felipe VI y a la Princesa Leonor en estos tiempos de interinidad política que vive nuestra nación. Y en esa interinidad que podríamos llamar sanchismo  podemos  ver el fin de una etapa política, la del Régimen del 78, o simplemente un accidente, en exceso cansino, en nuestra democracia nacida de la Transición. Los hechos futuros nos lo dirán y los hechos pasados podrían servirnos si no como  guía al menos como pasatiempo ilustrado para esta épocas de memes.

   Una de las más relevantes consecuencias de las elecciones del 10 de noviembre de 2019 ha sido la laminación del centro político representado por el partido Ciudadanos que había sido liderado, hasta el día siguiente al desastre, por Albert Rivera. Como si de una maldición bíblica se tratara, Ciudadanos ha pasado a compartir la suerte histórica de UCD, CDS y UPyD. Todos ellos partidos de centro (hacia izquierda o hacia la derecha) de nuestra actual democracia. Su adversa suerte le ha llevado a unirse a los esqueletos del PRR y DLR que lo fueron en la Segunda República. Ciudadanos nació en la periferia política de Madrid, en Cataluña, como partido defensor de la unidad nacional y a la vez como partido regenerador. Una idea que no era nueva en España y que la encontramos a comienzos del siglo XX en el efímero experimento de la Unión Nacional.

 
 
 

LOS PROTAGONISTAS

 

El proyecto de partido, porque realmente nunca llegó a formalizarse como tal, nació de las consecuencias del Desastre del 98 que no sólo parió a una generación de escritores excelsamente pesimistas pero a la vez sublimes (algunos). También alumbró  (al igual que Ciudadanos al comienzo del siglo XXI) a unos políticos que decían ser regeneradores de un sistema, el de la Restauración, al que había que reformar antes que destruir. Este «partido apolítico», como lo llegó a definir el profesor José Luis Comellas, nació como Ciudadanos fuera de la  política madrileña. En concreto se alumbraron en las tierras aragonesas y castellanas a partir de tres personalidades regeneracionistas que llegaron a formar un verdadero triunvirato: el zamorano Santiago Alba (1872-1949) y los oscenses Basilio Paraíso (1849-1930) y Joaquín Costa (1846-1911). Al igual que los de Rivera nacieron de una burguesía intelectual y económica que se consideraba despreciada por el poder los partidos dinásticos liberal y conservador. Si miramos al hoy: los actuales (por ahora) PSOE y PP. Los triunviros decían representar a esa «masa neutra» de la que hablaría más tarde el regeneracionista conservador Antonio Maura y que no se veía reconocida ni en  los «amigos políticos» de Madrid ni en los caciques de sus terruños. Movilizar a esa España del trabajo, de los negocios y del intelecto fue el objetivo de estos próceres del regeneracionismo.

   Tal como Rivera, Alba era el más joven y provenía de la abogacía y del periodismo político de provincias ligado a los intereses agrarios. Paraíso, en su juventud republicano zorrillista, era el empresario exitoso que presidía la Cámara Oficial de Comercio e Industria de Zaragoza y además editor de El Heraldo de Aragón. Por último, Costa era la personalidad más arrolladora y venerada. Padre del Regeneracionismo patrio representaba al intelectual  proveniente del interior de la España que es hoy llamada vaciada o vacía.  Ligado al krausismo y a la Institución Libre de Enseñanza de su amigo Giner de los Ríos, fue doctor y profesor de Derecho y desarrolló más tarde su trabajo como abogado y notario en Madrid. A él debemos el lema regeneracionista de «escuela y despensa». Sin embargo, las contradicciones no le eran ajenas ya que aunque liberal social (¿hoy podríamos decir socialdemócrata?) defendió la necesidad de un «cirujano de hierro» que extirpara el mal de España. Esta figura sería reivindicada posteriormente por dictadores de dispar fortuna como fueron Primo de Rivera y Franco.

 
 
 
Santiago_Alba (1872-1949)

Santiago Alba Bonifaz
(1872-1949)

 
 
 

LOS HECHOS

 

En 1899, aún bajo el trauma del 98, los triunviros regeneradores crearon la Liga Nacional de Productores a partir de las cámaras de comercio y de asociaciones agrarias que fueron aglutinando. A comienzos de 1900 la Liga pasaría a ser la Unión Nacional. Su objetivo político: derribar el proyecto de la reforma hacendística del gobierno conservador de Francisco Silvela. Curiosa paradoja porque Silvela era un político que se declaraba regenerador, pero desde dentro del sistema de la Restauración canovista-sagastino, y que escribió el famoso artículo «España sin pulso» dos años antes.

   La Unión Nacional planteaba liderar un movimiento ciudadano (así se llamó también el proyecto para toda España de Ciudadanos tras su éxito en Cataluña) que mediante una movilización de burgueses, intelectuales y trabajadores hiciera caer el sistema corrupto de la Restauración. Sin embargo, el Gobierno Silvela no dudó en prohibirlo y meter en cintura a los díscolos triunviros. Tal como hicieron los cartistas en la Inglaterra victoriana, la UN pretendía llevar sus reclamaciones democratizadoras al presidente del Congreso de los Diputados y al no lograrlo, publicaron un extenso manifiesto publicado por la prensa el 1 de abril de 1900. Paraíso y Alba propusieron radicalizar el movimiento a través de la resistencia pasiva  que postulaba la insumisión fiscal. «No taxs without Representation», venían a decir, tal como los revolucionarios norteamericanos de 1776 y su método sería algo parecido al que Gandhi utilizaría en su legendaria «marcha de la sal» de 1930 que hizo doblegarse al imperio británico en la India. Costa en cambio defendía una táctica gradualista y apegada a la legalidad que supondría la creación de un verdadero partido político de «centro incluyente» (Norberto Bobbio dixit) que acabara desplazando a los partidos del turno. Las divergencias ideológicas  y  personales estallaron y en septiembre de 1900 Costa se desligó del proyecto. Sin embargo, cosa harto curiosa, Paraíso y Alba acabarían aceptando las tesis de Costa al proponer que la UN se presentara a las elecciones de 1901 como partido político. De tal manera prepararon un congreso en Cádiz (guiño quizá a la cuna del liberalismo hispano) donde esto se formalizara. Alba llegaría a escribir una especie de manifiesto fundacional que publicaría El Liberal el 18 de octubre de 1900. No obstante, las luchas internas y las contradicciones de un movimiento tan heterogéneo (¿les suena?) hicieron imposible su proyecto político. Todo quedó en el papel.

   Tras lo efímero del experimento, Alba y Paraíso llegaron a ser diputados en 1901, pero de la mano del político liberal gaditano Segismundo Moret. Paraíso ya plenamente inserto en el sistema turnista llegaría a ser nombrado más tarde senador vitalicio. Alba comenzaría una dilatada carrera política como líder de la «izquierda liberal», siendo ministro en diferentes carteras en los últimos gobiernos de Alfonso XIII.  Durante la Segunda República, dentro del PRR de Lerroux, llegaría a ser presidente de las Cortes entre 1933 y 1936. Por su parte Costa agrandaría su leyenda como santón del regeneracionismo, acercándose al republicanismo, y publicando su famoso libro Oligarquía y caciquismo como forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarlo (1901).

 
 
 

LAS PALABRAS

 

¿Qué quedó de todo ello? Quedaron las palabras.  Palabras en las que estos hombres confiaron, tal como hizo ingenuamente más tarde Manuel Azaña , y en las cuales depositaban sus esperanzas para poner «España en marcha» (lema de Ciudadanos en la elecciones del 10-N). Rescatemos dichas palabras de los dos manifiestos principales de lo que fue la U.N.

   En el «Manifiesto del 1 de abril de 1900» (utilizo la edición de ese día de El Liberal) exponían los triunviros que ellos representaban a la España viva que se levantaba cada mañana para trabajar. La España que creaba empresas y daba trabajo a pesar de un gobierno corrupto:

   «Mientras nosotros trabajamos para nosotros y para el Estado, el Estado no ha trabajado más que para sí».

   Por ello era necesario reconciliar el «Poder público y el país». Lo que es lo mismo que fundir la España real y la oficial. Era por tanto la hora de hacer una «nueva política» que frente a la «vieja política» (Ortega y Gasset dixit) acabara con las corruptelas de caciques y  políticos de Madrid que:

   «Cierran a las masas el acceso a las urnas y hacen que el voto público no sea sincero ni verdadero en ninguna parte».

   Era necesario acabar con la «vieja política» del turno que gobernaba «contra el país» y que lo sumía en un «estado de atraso, de inferioridad, incultura, desgobierno, vasallaje y opresión feudal». La «nueva política», y aquí se veía claramente la influencia de las ideas costistas, debía sustentarse en:

   «Tres bases poderosas (…): la escuela, la despensa, la justicia; hemos pedido luz, pan, libertad: la libertad que nos quitan los caciques, con el brazo complaciente de la Administración y de la Justicia; el pan que la Administración nos sustrae o que no nos ayuda a producir, la luz que nos interceptan o de que no nos proveen las escuelas.»

   Cambiemos hoy «caciques» por «nacionalistas» y veremos mejor las similitudes.

   Por todo ello, pedían o más bien exigían al Gobierno el fin de la pasividad de años, de siglos, y que promoviera las infraestructuras (destacando la política hidráulica) y la escuela pública por todo el país como elementos cohesionadores. Así pensaban que España se convertiría en «miembro vivo de la comunidad europea». ¿Les vuelve a sonar la copla?

   Y al final una advertencia, tal como hizo por aquellos años Maeztu, si no se hace esta «revolución» desde arriba, las masas la acabarían haciendo por la fuerza desde abajo. Y para ello terminaban citando al historiador y político francés Thiers (liquidador a sangre y fuego de la Comuna de París en 1871) sobre la situación de Francia de antes de la revolución de 1789.

   En la «Declaración de principios» escrita por Santiago Alba de 18 de octubre de 1900,  publicada en El Liberal, se establecían los principios por los cuales debería regirse el nuevo partido. Éste tenía el imperativo de una realidad que los vetustos partidos turnistas se negaban a ver:

   «Toda España siente ya el vacío de nuevas manifestaciones de la opinión pública».

   La U.N. representa a esas «fuerzas sanas» que deben «imponer las grandes reformas que demanda la opinión pública». Y para llevar a cabo tales reformas era necesario utilizar una acción gradualista, pedagógica, moderada y legal tal como predicaba Costa:

   «Es preciso hacer una labor prudente, modesta y perseverante (…) Se impone el procedimiento inglés: solicitar seis u ocho reformas concretas e imponerlas, y después pedir otras tantas.»

   Alba reconocía que con el actual gobierno de Silvela (que caería 5 días después ocupando su lugar el sempiterno Sagasta) era imposible llegar a un entendimiento:

   «Al actual ministerio nada le podemos pedir, ni nada queremos de él.»

   Pero si se formara otro distinto que «…no esté incapacitado y que ofrezca garantías sólidas y públicas, se le podrá prestar concurso, se le podrá dar de buena fe nuestra labor a la gestión del Gobierno, sin perder jamás su independencia la Unión Nacional».

   Léanse las anteriores líneas en clave de la actual interinidad y se comprenderán oportunidades que podrían haber sido pero que no fueron…

   Por todo ello, Alba y los suyos defendían su «política nueva, sumando la tradición y el progreso.». Esto suponía desterrar experimentos revolucionarios ya que «La crítica negativa de los revolucionarios retóricos no conduce a nada práctico».

   En conclusión, proponían un partido que hoy llamaríamos de centro y alejado de peligrosas excursiones al radicalismo:

   «Hay que ejecutar el programa de la Unión Nacional o ayudar a quienes los ejecuten, sumando a la obra de la regeneración el concurso de todos. Será esto menos gallardo y menos populachero; pero es lo único posible y patriótico.»

   Cambiemos hoy «populachero» por «populista» y «revolucionarios retóricos» por «progresistas». Preguntémonos:

   ¿Estamos bajo su férula?

 
 
 

Basilio_Paraíso (1849-1930)
Basilio Paraíso
(1849-1930)

 
 
 

«EL TENIENTE GUSTL» O LOOR A LA MUERTE Y A LA CARNE. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 14). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 

Cementerio de los personajes ilustres
(Kerepesi Temetö)
Budapest
2000
Foto: LGV

 
 
 

64 páginas 64. Ésta es la extensión de El teniente Gustl, pieza de aparente minimalismo de Arthur Schnitzler (1862-1931), médico y escritor vienés, ejemplo del intelectual judío finisecular del Imperio. Contemporáneo de Sigmund Freud (que lo admiraba), Mahler o Zweig, pero también del antisemitismo que se cernía sobre Austria y sobre Viena en particular gracias a personajes como Karl Lueger, alcalde de la capital imperial. Esta pequeña joya escrita en 1900  (editada primorosamente, como es usual, por Acantilado en 2006 con traducción de  Juan Villoro) es un monólogo interior (uno de los primeros de la literatura) que bulle en la mente de un joven oficial imperial durante el ocaso de un día primaveral y el orto del siguiente. Parte de una velada musical en un teatro de la capital y termina en un café, cómo no, pasando por una noche de duermevela en el parque del Práter, el mismo lugar que luego haría famoso El tercer  hombre[1]

   Tal como hemos visto en otras entradas de Noticias de un Imperio, en la literatura del final del imperio austro-húngaro ocupa un lugar muy destacado el ejército y dentro de este, los jóvenes oficiales. En las obras ya reseñadas de Lernet-Holenia [2], Marai [3] y Roth [4],  los protagonistas son jóvenes oficiales que educados en la tradición del imperio son testigos y a la vez actores de su desaparición. El ejército austro-húngaro es, junto al viejo emperador, el elemento cohesionador del imperio. Para William M. Johnston (en su imprescindible obra El genio austrohúngaro. Historia social e intelectual (1848-1918), Oviedo, 2009) los militares daban «lustre a la vida social» y proporcionaban la dosis de «patriotismo» imperial necesaria para los soldados de diferentes pueblos y nacionalidades. No obstante y así lo vemos al comienzo de esta obra, los militares austríacos se aferran a un código del honor anacrónico, son arrogantes con los civiles y rechazan la modernidad. Todas esas características las asume nuestro teniente Gustl, desprecia a los burgueses y a los judíos, así como a los socialistas (aunque los austromarxistas fueron paradójicamente defensores del Imperio). Esta forma del ver el mundo, anclada en los esquemas aristocráticos del Antiguo Régimen es el factor que hace que se produzca el hecho principal de la novela, que por supuesto no vamos a desvelar y donde jugará un papel destacado un panadero. Estas ideas, sin embargo, no son solo propias del Imperio austro-húngaro en los inicios del siglo XX, era una cultura común en toda Europa. Esto lo estudió Arno J. Mayer en su obra La persistencia del Antiguo Régimen (1981). Un mundo de valores que hoy nos resultan algo absurdos e incomprensibles y que también están recogidos en la novela de Ford Madox Ford titulada El buen soldado (1913), donde de nuevo, en un lugar central encontramos la figura del oficial. Gustl es un tipo que, como ya hemos dicho, es arrogante, pagado de sí mismo, conquistador de damas y damiselas además de refractario a judíos y socialistas. Schnitzler crea un personaje arquetípico: proviene de una buena familia de provincias y tras pasar un periodo de servicio en Galitzia es trasladado a Viena, al servicio de Dios y del Káiser. Su historia es la historia de muchos que más tarde acabarían sirviendo en las filas de la Werhmacht al  mando de otro austríaco de provincias: Adolf Hitler.

   En sus meditaciones Gustl reconoce que de todas las experiencias vitales echaba en falta una: la guerra. El relato escrito en 1900, nos revela ese ambiente de preguerra que aún no pasaba de mero deseo, de ensoñación entre romántica y salvaje que muchos europeos vivían. La guerra como solución al aburrimiento de la rutina diaria. Gustl es uno de aquellos «sonámbulos» que en palabras del historiador Christopher Clark se dejaron llevar por sus estados y monarcas a las trincheras de la Gran Guerra (Sonámbulos. Cómo fue Europa a la guerra de 1914, 2014). Esa idea de exaltación de las virtudes terapéuticas de la guerra, que tan bien nos la narró Joseph Roth en las páginas finales de La marcha de Radetzky [5], iba de la mano de esa moral aristocrática y aparentemente guerrera a la cual nos referimos antes (el ensayo de Arno J. Mayer tenía el esclarecedor subtítulo de Europa hacia la Gran Guerra).

   La guerra era una especie de gran duelo colectivo donde enjugar honores mancillados. En ella, como en el duelo (Gustl, como no podía ser de otra forma también es un duelista), la muerte es una opción y si uno no es capaz de aguantar la vergüenza, no queda otra que el suicidio. Guerra, duelo, honor, suicidio…. todo nos conduce a la muerte, otro gran tema de la novelita de Schnitzler, un autor que podríamos considerarlo parte del grupo de escritores impresionistas tal como lo incluye en su obra Johnston. Esta corriente impresionista de intelectuales fue así definida por el Arnold Hausser, famoso teórico del arte  nacido como súbdito del imperio en 1892 y muerto como ciudadano de la república socialista de Hungría en 1978. Schnitzler era uno de aquellos intelectuales que de alguna manera disfrutaron siendo notarios del «apocalipsis feliz» de un mundo. No eran creadores de algo nuevo, no ofrecían soluciones, al igual que sus contemporáneos de nuestra Generación del 98. Para ellos la vida era evanescencia, flujo de sensaciones, esteticismo y decadencia. En esta obra que reseñamos todo esto se encuentra a través de los pensamientos inmediatos, no tanto reflexiones, del teniente Gustl. Todo es ahora, no existe ni tanto el ayer ni el mañana, todo ocurre en el momento. Un mundo de impresiones donde no hay nada totalmente verdadero pero tampoco falso.  En palabras del autor «cada instante implica morir un poco y a la vez volver a nacer».

 
 
 

La muerte se lo lleva
Kerepesi Temetö
Budapest 
2000

(Foto: LGV)

 
 
 

   Volvemos a la muerte, ya que es el culmen de ese mundo de impresiones. La muerte «libera» a los vivos de sus represiones y miedos, tal como le ocurría al joven Gustl. El elemento psicológico es la gran novedad técnica de nuestro relato y  por esto lo hacía tan cercano a Freud, pero también a toda una corriente de pensamiento que podemos llamar austríaca, donde la muerte tiene un lugar especial. Para los austríacos la muerte era un motivo de creatividad y es conocida su querencia por todo lo que la rodea: funerales, cementerios, ceremonias, etc… Baste recordar el episodio sobre el cementerio de Viena que nos cuenta Claudio Magris en su odiséica obra El Danubio (1986) o esos «hermosos cadáveres» de la familia imperial en La Cripta de los Capuchinos. La muerte es el fin del hastío y por eso tiene un gran poder, tal como lo dejó por escrito Hugo Hofmannsthal, un escritor marcado especialmente por ella.  Es relativamente conocida la carta que Mozart escribió a su padre sobre este tema cuatro años antes de morir:

   «Al ser la muerte, pensándolo con detenimiento, el verdadero objetivo de nuestra existencia, en los últimos años he establecido con ella – la mejor y más fiel amiga de la humanidad- una relación tan estrecha que ahora su imagen, lejos de aterrorizarme, me tranquiliza y consuela».

   Los muertos «permanecen entre los vivos», escribió Schnitzer. Ya hemos visto esto en las obras ya comentadas de Alexander Lernet-Holenia [6], donde el mundo de los  muertos tiene tanta o más importancia que el de los vivos. Por esto, un vez muerto el Imperio siguió para muchos aún vivo y sobre todo en la literatura y el arte hasta nuestros días.

   Y por último, nuestro protagonista vive la unión del Eros y el Thanatos. El erotismo y el sexo van unidos a la muerte, integrantes todos de los paraísos artificiales que pontificó para la modernidad el poeta Charles Baudelaire. El sexo y la muerte nos alejan del mundo, como así lo vivía el joven teniente Gustl que mezclaba en sus pensamientos sus conquistas eróticas y la fantasía de su muerte. Un mundo de morbosidad que fue tan querido al modernismo literario español, comenzando por Juan Ramón Jiménez. Algo tiene esta corta novela de loor a la muerte y a sus cercanías, pero también de loor a la carne, la carne mortal, liberadora y a la vez esclavizadora.

   Loor a la Carne,
Que al arder mitiga los cruentos martirios de la Vida humana.

 
 
 

Juan Ramón Jiménez
(1881-1958)

 
 
 
[1] http://revistacarmina.es/?p=40583

[2] http://revistacarmina.es/?p=39376

[3] http://revistacarmina.es/?p=39553

[4] http://revistacarmina.es/?p=40095

[5] http://revistacarmina.es/?p=40854

[6] http://revistacarmina.es/?p=39541
 
 
 
__________________________________
 
 
 

EL ESTANDARTE O EL IMPERIO CONTRAATACA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 1). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [1ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 2). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [2ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 3). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [3ª PARTE]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

«LOS DÍAS CONTADOS» O LO QUE EL VIENTO SE LLEVÓ EN TRANSILVANIA [4ª PARTE, Y ÚLTIMA]. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 5). Por Pablo Romero Gabella

EL BARON BAGGE O EL VÉRTIGO DE SER LOS OTROS. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 6). Por Pablo Romero Gabella

EL ÚLTIMO ENCUENTRO O EL CREPÚSCULO DE LOS ADIOSES. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 7). Por Pablo Romero Gabella

SIEMPRE NOS QUEDARÁ VIENA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 8). Por Pablo Romero Gabella

GEORG TRAKL: LA DECADENCIA DE UN IMPERIO. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 9). Por José Miguel Ridao

«FUGA SIN FIN» O EL JUDÍO ERRANTE. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 10). Por Pablo Romero Gabella

EL VALS INFINITO. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 11). Por Pablo Romero Gabella

«RÉQUIEM ALEMÁN» O ALGO HUELE A PODRIDO EN VIENA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 12). Por Pablo Romero Gabella

LA SAGA DE LOS TROTTA. De la serie «NOTICIAS DE UN IMPERIO» (Núm. 13 – 1ª Parte). Por José Miguel Ridao

 
 
 

«14 DE JULIO» O EL SECRETO ESTÁ EN LA MASA. De la serie «LIBER BREVIS, VITA LONGA» (Núm. 4). Por Pablo Romero Gabella

 
 
 
MARIONETAS 17 (LISBOA)

Museu da marioneta de Lisboa
[Foto: LGV 2018]

 
 
 

«Este relato no es ficción ni libro de Historia. Tampoco tiene un protagonista concreto, pues fueron innumerables los hombres y mujeres envueltos en los sucesos…» Así podemos entender el sentido del libro de Éric Vuillard 14 de julio (2016). Sin embargo estas palabras pertenecen al comienzo el libro de Arturo Pérez-Reverte Un día de cólera (2007). Los sucesos son los del 2 de mayo de 1808 en Madrid, pero bien pudiera servirnos para los del 14 de julio de 1789 en París. Dos «momentos estelares», donde el tiempo «se comprime en ese único instante que todo lo determina y todo lo decide» en palabras de Stefan Zweig, el maestro de un tipo de literatura que a principios del siglo XXI Vuillard y Pérez-Reverte retoman con innegable éxito. Ambos escritores narran dos hechos que marcaron el inicio de la contemporaneidad en Europa en su doble sentido, el revolucionario y el contrarrevolucionario y que tienen como protagonista a la multitud, a esa masa rebelde que categorizaría Ortega y Gasset.

   Éric Vuillard [1] es un escritor que nació en el año revolucionario de 1968 y que llevaba una existencia profesional discreta en Rennes hasta que consiguió el Premio Goncourt de 2017 por El orden del día, otra «miniatura histórica» que narraba el ascenso del nazismo. Esto ha llevado a Tusquets a publicar en español la obra que comentamos y que fue publicada en Francia en 2016. Vuillard nos cuenta en 185 páginas el febril día en que comenzó la Revolución Francesa para todo estudiante. Una fecha marcada y subrayada en los manuales escolares y de la cual poco se conocía en detalle. Vuillard realiza una recreación literaria de ese día utilizando material histórico (aunque es una pena que no cite sus fuentes más allá de nombrar a Michelet). En su empeño no duda en utilizar un lenguaje actual que lo hace accesible a todo tipo de lectores y que ya ensayó Pérez-Reverte en su Cabo Trafalgar (2004). Adonde las fuentes no llegan el autor recurre a «morder la nada y caer en la gran cuba donde ya nadie tiene nombre» (pág. 91)

   Los protagonistas del libro son aquellos sin nombre que asaltaron la fortaleza de la Bastilla, símbolo del Antiguo Régimen. Aún así es de destacar que en el libro aparecen multitud de nombres de personas, que no personajes, los cuales el autor ha ido recolectando de las fuentes históricas. Todos ellos forman una masa popular que pierde, en cierta manera, su individualidad en pos de una meta común: la destrucción. Destrucción de un edificio real pero a la vez símbolo del despotismo. Elias Canetti en Masa y poder (1960) señaló como una de las propiedades de la masa la necesidad de una meta, un objetivo que «está fuera de cada uno y que coincide en todos, sumerge las metas privadas, desiguales que serían la muerte de la masa». Aunque amalgama de nombres propios, apellidos o apodos, la multitud parisina se mueve como un solo cuerpo que busca armas y focaliza todo su esfuerzo en tomar la Bastilla. Para Vuillard «no hay modo de contener a una multitud, una multitud no parlamenta, no discute, a la multitud no le gusta esperar» ( pág. 64). Y precisa que el movimiento popular del 14 de julio fue una «intifada de pequeños comerciantes, de los artesanos parisinos, de los niños pobres» ( pág. 51). La pobreza es para Vuillard el motor de su relato ya que comienza con el sangriento motín del 23 de abril de 1789, cuando una multitud popular asalta las casas y negocios de potentados al grito de ¡Mueran los ricos! En esos momentos Francia vivía una de sus mayores épocas de carestía. Recordemos que el historiador Labrousse señaló que el día en el cual el pan alcanzó su mayor precio fue el 14 de julio. Paralelamente el Estado absolutista vive una bancarrota total que obliga al rey a convocar a los Estados Generales en mayo de 1789. En gran medida, para el autor, esta bancarrota es estructural a un Estado que tiene su summun en la corte de Versalles, a la cual Vuillard dedica una de las mejores páginas de su libro y que uno no puede sustraerse a visualizarlas, como hizo Sofía Coppola en su María Antonieta (2006).

   De puntillas pasa Vuillard sobre cómo se pasó de los Estados Generales del Antiguo Régimen, organizados feudalmente en tres brazos, a la Asamblea Nacional Constituyente ciudadana. El comienzo de la revolución liberal y burguesa (es la que al final triunfará) no tiene para el autor la importancia de la otra revolución, la popular, la de la calle que el 14 de julio se lanza enfebrecida a la búsqueda de armas. Leyendo estas páginas vivimos las dos pulsiones que el gran historiador Georges Lefebvre consideraba consustanciales a la mentalidad revolucionaria: la esperanza y el miedo. Lo último viene dado por los rumores de que las tropas del rey estaban dispuestas a entrar a sangre y fuego en París para ahogar la naciente revolución, lo primero viene dado por el sueño de algo nuevo. Ese algo nuevo aún poco definido en la mentalidad popular, viene dado por la epifanía revolucionaria de la palabra. En esos días de un caluroso julio parisino «todo el mundo se acuesta tarde. Se habla y se habla. Nunca se había hablado tanto» ( pág. 48). De los pocos personajes históricos que se citan (junto a Necker, el ministro de Hacienda, y María Antonieta, la reina) un joven Camile Desmoulins (nada sabemos en aquel de día de Dantón o Robespierre, luego indiscutibles tribunos de la plebe) arenga a la multitud con palabras enardecidas. Porque «la palabra dicha no deja traza, pero obra estragos en los corazones» (p. 116) Y nada es más sensible al corazón que la esperanza, la misma que hace que el 14 de julio sea para el autor el nacimiento de la Revolución. En las siguientes líneas podemos resumirlo:

   «Durante la noche del 13 al 14 de julio, que es, yo creo, la noche de las noches, la Natividad, la más terrible noche de Navidad, el Acontecimiento, la chusma, como suele decirse, los más pobres, en suma, aquellos a los que la Historia dejó hasta ese momento pudrirse en el arroyo, armados con fusiles, espetones, picas, hacen que les abran las puertas de las casas y que les sirvan comida y bebida. En lo sucesivo, la caridad no bastará» (pág. 61)

   Desde ese momento se tendrán que tener en cuenta  esos miserables que inmortalizara Víctor Hugo y cuyo espíritu flota en todo el 14 de julio. Son los salvajes de la civilización. En palabras hugianas, son aquellos hombres «que en los días genésicos del caos revolucionario, harapientos, feroces, con las mazas levantadas, la pica alta, se arrastraban sobre el viejo París trastornado, ¿qué querían? Querían el fin de las opresiones, el fin de las tiranías, el fin de la guerra, trabajo para el hombre, instrucción para el niño, dulzura social para la mujer, libertad, igualdad, fraternidad, el pan para todos, la idea para todos, la conversión del mundo en Edén, el progreso…»

   Frente a ellos los burgueses y aristócratas, los civilizados de la barbarie, temerosos intentan controlar a la multitud formando una milicia para mantener el orden y a la vez, la halagan con palabras hueras. La revolución de los juristas en Versalles no es la del pueblo en la calle que asalta la Bastilla ajeno a las llamadas a la conciliación. Recordemos: la multitud no parlamenta, actúa. Estos burgueses no veían lo mismo que vería Víctor Hugo, no creían que el progreso llegaría desde la plebe. En este sentido historiadores de finales del siglo XX, ejemplificados en Furet y Richet, definieron esta explosión de violencia popular como la del «viejo milenarismo, la ansiosa espera de la venganza de los pobres, de la felicidad de los humillados». Sin embargo, tal como dejó por escrito Engels en una carta de 1889, este cuarto Estado le hizo el trabajo sucio a la burguesía en su derrota del feudalismo en 1789 y más adelante en 1792 cuando acabó con la monarquía. Tal como ocurriría más adelante con la Comuna de 1871, se acusó de los desmanes a los extranjeros, a pandillas de vagabundos que fueron llegando a París de todas partes de Francia y que extendieron el caos y el terror. Sin embargo, ¿quién era genuinamente parisino? La ciudad acogía diariamente a legiones de inmigrantes que buscaban salir de la miseria y que amalgamados en la escasez fueron la carne de cañón de las jornadas revolucionarias. Además eran en su mayoría jóvenes ya que «Francia era entonces un país joven, asombrosamente joven. Los revolucionarios fueron gente muy joven, comisarios de veinte años, generales con veinticinco. Jamás ha vuelto a verse tal cosa» ( pág. 58).

   La multitud es tratada por Vuillard con el humanismo de la multitud de retazos de vida rescatados de los documentos, inflamados por la imaginación cuando faltan aquellos. Leer sus nombres, sus oficios y su vestimenta a través de los atestados judiciales de sus cadáveres, nos recuerda que ellos eran nosotros. La jauría revolucionaria humanizada tal como Dickens hizo en su Historia de dos ciudades (1859): «Padres y madres que habían tomado parte activa en los asesinatos jugaban con sus niños y los cubrían de besos, y en aquella situación terrible, ante semejante porvenir, los enamorados se amaban esperanzados». El historiador Michelle Vovelle en La mentalidad revolucionaria (1985) destacaría «la importancia de la cesura revolucionaria en las estructuras más íntimas de la vida de las gentes que vivieron esta aventura».

   Sin embargo la aventura de la Revolución no es eterna como nos demostró Anatole France en Los dioses tienen sed (1912), la que es quizá la mejor novela sobre la Revolución francesa. «Porque bien hay que vivir, hay que asumir la vida, uno no puede estar siempre rebelándose; se requiere un poco de paz para engendrar hijos, trabajar, amarse y vivir» (pág. 63).

   Las últimas páginas de 14 de julio tienen la actualidad de una Europa en crisis, y más en concreto de la Francia de la furia amarilla enchalecada que no sabemos a donde realmente va. Lo cierto es que todos nosotros, como todos aquellos de 1789 coincidimos en algo: «el hombre desaparece como apareció en la Historia, simple silueta» (pág. 110).

 
 
 

MARIONETAS 18 (LISBOA)

 
 
 

___________________________

 
[1] Entrevista al autor en el suplemento cultural Babelia de El País: https://elpais.com/cultura/2018/03/05/babelia/1520253550_353014.html